Cada junio se repite la misma escena en miles de hogares. Llega el boletín de notas y, con él, una mezcla de nervios, expectativas y conversaciones que no siempre son fáciles. Para algunos niños supone una alegría. Para otros, una decepción. Y para muchos padres, la ocasión de preguntarse si su hijo está dando todo lo que puede y de recordar que las notas no miden la valía de ningún niño.
Lo que no siempre resulta tan visible es el peso que esas calificaciones llegan a tener en la forma en que los niños se ven a sí mismos. Una nota ofrece información sobre cómo ha ido una prueba concreta en un momento determinado. Puede indicar qué contenidos domina un alumno o en qué áreas necesita más apoyo. Pero no dice nada sobre su valor como persona, su capacidad para superar dificultades, su creatividad, su empatía o su sentido del humor.
¿Qué ocurre cuando las expectativas pesan demasiado?
El problema aparece cuando, sin darnos cuenta, convertimos los resultados académicos en el centro de todas las conversaciones. Muchos padres lo hacen con la mejor intención: quieren motivar a sus hijos, animarlos a esforzarse más. Pero hay frases que, aunque se digan con cariño, suelen tener un efecto distinto al buscado:
- «Sé que puedes sacar más.»
- «Con lo listo que eres…»
- «No me esperaba esto de ti.»
- «En esta familia nadie suspende.»
El niño las recibe como una vara altísima y como una decepción anticipada. A medio plazo, eso tiende a generar más ansiedad y miedo al fracaso, justo lo contrario de lo que cualquier familia desea.
Hay además un fenómeno menos visible: algunos niños dejan de intentarlo. Cuando sienten que nunca van a alcanzar las expectativas, prefieren protegerse pensando que, si no se esfuerzan, el fracaso no dice nada de su capacidad. Lo que parece desinterés esconde, muchas veces, inseguridad.
¿Puede un niño aprender a valorarse según sus notas?
Es uno de los riesgos más frecuentes y de los que más marcan a largo plazo. El niño es muy sensible a cuándo recibe atención y entusiasmo de los adultos. Si eso ocurre, sobre todo cuando llega con buenas notas, aprende que se le quiere por lo que logra, no por quién es.
Para evitarlo, el afecto tiene que ser incondicional y visible también los días normales y los días difíciles. Ayuda a separar de forma clara las dos cosas: decirle, con palabras y con hechos, que importa cómo le ha ido el examen, y que se le quiere exactamente igual salga como salga.
También influye el tipo de preguntas que se hacen al volver del colegio. Si la primera es siempre «¿qué has sacado?», el mensaje implícito es que lo único que cuenta es el número. Cambiar la pregunta cambia el foco: «¿Qué has aprendido hoy?», «¿qué te ha costado?», «¿de qué te has quedado con ganas de saber más?».

¿Cómo reaccionar cuando las notas no son buenas?
El error más habitual es reaccionar en caliente, desde el susto o el enfado: castigos, sermones, etiquetas. Eso cierra la comunicación justo cuando más se necesita. Antes de cualquier otra cosa, conviene entender qué ha pasado:
- ¿Hay un problema con el método de estudio?
- ¿Hay dificultades con la comprensión de alguna materia?
- ¿Puede haber algo emocional o social que ha pasado inadvertido?
Un suspenso no es un veredicto sobre el futuro de un niño, sino información. Nos indica dónde hay que poner la atención. Y desde ahí, lo más útil es elaborar un plan concreto y realista, con el niño, no contra él.
También importa mucho cómo se habla de lo ocurrido. Las etiquetas como ‘vago’ o ‘mal estudiante’ son peligrosas porque el destinatario termina creyéndoselas. Es mejor hablar de conductas concretas y modificables, como ‘este trimestre te ha costado ponerte a estudiar’, que de identidad. Y antes de sentenciar, conviene preguntar: ‘¿Cómo te sientes tú con estas notas?’. Muchas veces el niño es el primero que está decepcionado.

¿Qué vale más: el esfuerzo o el resultado?
El resultado de un examen depende de muchos factores que el niño no controla del todo: la dificultad de la prueba, cómo se encontraba ese día, su punto de partida. El esfuerzo, en cambio, sí depende de él. Por eso conviene reconocerlo primero, siempre. Señalar que ha sido constante, que ha pedido ayuda, que no se ha rendido, construye algo mucho más duradero que una nota. Si solo se valida cuando hay una calificación excelente, el mensaje implícito es que esforzarse no sirve si no culmina en éxito. Y eso es justo lo que apaga las ganas de aprender.
Lo mismo ocurre con las recompensas. Celebrar un buen resultado no tiene nada de malo. El problema surge cuando el premio material se convierte en el único motivo para estudiar y el aprendizaje deja de tener valor en sí mismo. El reconocimiento más sano suele ser mucho más sencillo: dedicar tiempo, expresar orgullo por el trabajo realizado o compartir un momento agradable en familia.
Cuando un niño construye su autoestima únicamente sobre sus resultados académicos, cualquier tropiezo puede derrumbarla. Como adultos, la tarea no es eliminar la frustración cuando llegan malas calificaciones, sino acompañarlo para que entienda que sigue siendo igual de valioso cuando las cosas no salen como esperaba. Una nota mide un examen concreto en un momento concreto. Nada más, y nada menos.
Fuente: https://saposyprincesas.elmundo.es/


