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Un año escolar con la responsabilidad de tener escuelas preparadas

Escuelas preparadas. El regreso a clases trae consigo la emoción de volver a las aulas, reencontrarse con los compañeros y retomar la rutina. Pero hay una pregunta que debería acompañar este retorno y que no puede quedar fuera de la planificación de ningún centro educativo: ¿están realmente preparadas nuestras escuelas para responder ante un terremoto?

No basta con abrir las puertas, organizar los horarios y recibir a los estudiantes. Una escuela segura debe ser también una escuela preparada para enfrentar una emergencia.

En un país expuesto a la actividad sísmica, cada centro educativo debería asumir como una prioridad la evaluación de sus instalaciones, la revisión de sus protocolos de evacuación y la capacitación de toda su comunidad. No debería quedar una escuela, colegio o centro educativo sin verificar las condiciones de su estructura y sin saber qué hacer antes, durante y después de un movimiento telúrico.

La prevención comienza mucho antes de que ocurra un terremoto.

Evaluar antes de lamentar

Uno de los primeros pasos debe ser conocer las condiciones reales de la infraestructura escolar. La evaluación de la estructura no puede ser un trámite ni una acción que se realice únicamente cuando aparece una alerta o después de que ocurre un sismo.

Cada centro educativo debería contar con una evaluación que permita identificar posibles vulnerabilidades: condiciones de las edificaciones, elementos que puedan desprenderse, escaleras, salidas, puertas, ventanas, instalaciones eléctricas y otros espacios que puedan representar un riesgo durante una emergencia.

No se trata de sembrar miedo entre los estudiantes ni entre las familias. Se trata de conocer los riesgos para poder reducirlos.

Una escuela que desconoce sus propias vulnerabilidades difícilmente podrá garantizar una respuesta adecuada cuando la emergencia ocurra.

Los protocolos no pueden quedarse en el papel

También es necesario revisar los protocolos de evacuación.

Tener una ruta señalizada no significa que los estudiantes sepan utilizarla. Tener un punto de encuentro establecido no garantiza que todos sepan llegar hasta allí. Y contar con un documento que explique qué hacer durante un terremoto no significa que, en medio de la emergencia, las personas actuarán automáticamente de la manera correcta.

Por eso, los simulacros deben formar parte de la vida escolar.

No basta con hacer un ejercicio una vez al año para cumplir con un requisito. La respuesta ante una emergencia se construye mediante la práctica. Los estudiantes, docentes, personal administrativo y demás integrantes de la comunidad educativa deben familiarizarse con las rutas de evacuación, los puntos de encuentro y las funciones que cada persona debe asumir.

Los simulacros, además, deben ser evaluados. Después de cada ejercicio es necesario preguntarse qué funcionó, qué falló, dónde se produjeron aglomeraciones, qué estudiantes necesitaron mayor acompañamiento y qué debe corregirse antes del próximo ensayo.

Porque un simulacro no debería tener como propósito demostrar que todo salió bien. Su verdadero valor está en descubrir qué debemos mejorar antes de que ocurra una emergencia real.

Bajar las escaleras no es una carrera

Hay otro aspecto que debe trabajarse especialmente con los estudiantes: la conducta durante una evacuación.

Cuando ocurre un terremoto, el miedo puede provocar reacciones impulsivas. Correr, empujar, gritar o intentar salir desesperadamente puede convertir una situación de riesgo en una tragedia.

Por eso, desde las aulas debe enseñarse que, si las condiciones permiten evacuar de manera segura, hay que hacerlo siguiendo las instrucciones, sin correr ni empujar y manteniendo la calma, especialmente al utilizar las escaleras.

Las escaleras pueden convertirse rápidamente en uno de los puntos más vulnerables de una evacuación si decenas de estudiantes intentan bajar al mismo tiempo, desesperados por salir primero.

La educación para la prevención debe enseñar que evacuar no significa correr: significa desplazarse de manera ordenada y siguiendo las indicaciones establecidas.

Pero también hay que enseñar algo fundamental: no siempre habrá tiempo para evacuar durante el movimiento.

¿Y si no hay tiempo para salir?

Esta es una conversación que debe ocurrir dentro de cada aula.

Los estudiantes necesitan saber qué hacer si el movimiento comienza con tal intensidad o rapidez que no permite iniciar una evacuación segura. En ese escenario, deben practicar las acciones de protección dentro del aula y permanecer allí hasta que el movimiento haya terminado y las autoridades responsables indiquen cómo proceder.

No podemos esperar que un niño, un adolescente o incluso un adulto recuerde qué hacer en medio del miedo si nunca se le ha enseñado ni se ha practicado.

La capacitación debe ser clara, adecuada a cada edad y repetida periódicamente. Los estudiantes deben comprender que durante un terremoto no se trata de actuar por impulso, sino de seguir un plan previamente aprendido.

Y ese aprendizaje debe comenzar desde los primeros años escolares.

Una responsabilidad que no puede ser delegada

Preparar una escuela para un terremoto no es responsabilidad exclusiva del profesor que está frente al aula. Tampoco puede recaer únicamente en los organismos de emergencia o en las familias.

La responsabilidad comienza con quienes administran y dirigen los centros educativos.

Cada director debe saber si su edificio presenta vulnerabilidades. Debe conocer las rutas de evacuación, saber si están despejadas y accesibles y asegurarse de que su personal conoce el protocolo. Debe garantizar que los simulacros se realicen y, sobre todo, que sus resultados sean utilizados para corregir deficiencias.

También debe existir coordinación con las autoridades correspondientes para que las evaluaciones estructurales, los protocolos y la capacitación no dependan únicamente de la voluntad de cada centro.

Porque cuando ocurre una emergencia dentro de una escuela, la responsabilidad es enorme.

Durante varias horas al día, las familias depositan en los centros educativos lo más valioso que tienen: sus hijos. Confían en que estarán protegidos mientras están en las aulas.

Esa confianza implica una responsabilidad que no puede tomarse a la ligera.

Preparar hoy lo que no queremos lamentar mañana

No sabemos cuándo ocurrirá el próximo terremoto ni cuál será su intensidad. Precisamente por eso, la preparación no puede comenzar después.

El regreso a clases debería ser una oportunidad para revisar aquello que muchas veces se deja para después: evaluar las estructuras, actualizar los protocolos, despejar las rutas de evacuación, identificar los puntos de encuentro, capacitar al personal y realizar simulacros periódicos.

Cada ejercicio debe servir para que la comunidad educativa esté un poco mejor preparada que antes.

Y hay algo más importante todavía: los estudiantes deben comprender que saber qué hacer puede salvar vidas.

No se trata de vivir con miedo a los terremotos. Se trata de aprender a responder ante ellos.

Una escuela preparada no es aquella que nunca ha enfrentado una emergencia. Es aquella que, antes de que ocurra, se ha preguntado qué podría pasar, ha identificado sus riesgos, ha entrenado a su comunidad y ha corregido sus debilidades.

El próximo terremoto no avisará antes de llegar. Las escuelas, en cambio, sí tienen la posibilidad de prepararse.

Por eso, este regreso a clases debería traer consigo un compromiso que vaya más allá de los útiles escolares y los nuevos uniformes: que ninguna escuela quede sin evaluar, que ningún protocolo permanezca únicamente en el papel y que ningún estudiante llegue a enfrentar un terremoto sin saber cómo protegerse.

La prevención no elimina el riesgo sísmico, pero sí puede reducir sus consecuencias.

Y cuando la vida de cientos de estudiantes está dentro de nuestras escuelas, prepararse no debería ser una opción. Debería ser una responsabilidad.

Elizahenna Del Jesús
Elizahenna Del Jesús
Coordinadora Editorial en Plan LEA, Listín Diario, graduada Magna Cum Laude de la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD)

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