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La Escuela Planeta Tierra: ¿una ficción?[1]

Esta historia la inspiran muchos directores y directoras, como comunidades educativas que he conocido en mis años en educación y que me mostraron que siempre era posible una mejor educación.

Por JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

Se llamaba Juan y su mejor amiguita Miguelina. La escuela fue su lugar de encuentro y allí fue creciendo su amistad que aún hoy, después de varios años, permanece. Ambos están en el sexto grado de primaria y cada día ir a la escuela, es un gran motivo de alegría.

  • Mami, mami apura que quiero llegar temprano a la escuela, era la petición casi a diario de Juan, lo que su mamá casi no comprendía.
  • ¿Y cuál es tu afán?, generalmente era el comentario de ella.
  • Oh mami, me gusta juntarme con mis amigos y ver quienes hicieron la tarea.

Como Miguelina y Juan, otros niños y jóvenes estudiantes también se habían conocido en la misma escuela. Entre ellos reinaba un ambiente muy positivo y cuando ocurrían situaciones de disgusto contaron con la maestra, Patria, que aprovechaba esas circunstancias para ponerlos a reflexionar sobre el problema que había pasado y de cómo afrontarlo. La profe era una maestra de unos 40 años que, con una formación magisterial sólida, pero, sobre todo, con una formación humana que mostraba a diario en el trabajo de clase, como en las reuniones de profesores y, sobre todo, con las familias que acudían con regularidad a la escuela. Siempre se mostraba amable con los demás, rasgo que toda la comunidad educativa reconocía en ella. Era una inspiración. De esa manera, iban aprendiendo distintas maneras de afrontar los problemas y, por supuesto, iban aprendiendo que eran posibles soluciones amistosas de las cuales aprendían mucho.

  • Equivocarnos es de humanos, decía ella, lo importante es que podamos ver por qué suceden las cosas y buscar juntos las mejores soluciones.
  • Si profe, decía Pedrito, tenemos que aprender de nuestros errores ¿no? Es lo que siempre usted nos dice.
  • Así es Pedrito, los errores siempre nos enseñan muchas cosas, pero si no lo hablamos, imagínate ¿cómo nos vamos a dar cuenta?

La Escuela Planeta Tierra estaba enclavada en un barrio muy pobre y, por supuesto, las familias que tenían a sus hijos e hijas estudiando en ella, también lo eran. Tanto las madres como los padres, en su mayoría, eran chiriperos, es decir, “empleados ocasionales”, aunque algunos que habían estudiado en la misma escuela y siguieron estudiando alguna carrera técnica y universitaria, todos ellos hacían grandes esfuerzos por mantener a sus hijos e hijas en la escuela. Reconocía lo importante de educarse.

  • No quiero que Pedrito siga mis pasos, no. Quiero que estudie, termine y vaya a la universidad…

Era el pensar de Ramiro, hombre bajito que salía muy temprano del barrio para ver con qué mantener a su familia. Su mujer, pensaba igual, y junto a Ramiro se mantenía siempre alerta para que sus tres pequeñines siempre fueran a la escuela. Ella había completado la primaria en el campo del cual venía, pero la situación se puso tan difícil que no tuvo otra que buscar suerte en la capital a casa de una tía, hermana de su mamá, que había venido años antes por las mismas razones.

  • Le pido a dios que los cuide y proteja, que de lo demás me encargo yo… era el pensamiento que Tina siempre tenía presente, cuando de sus hijos se trataba.

Hay que decir, para comprender mejor la situación, que en La Escuela Planeta Tierra su directora era una mujer de algo más de 50 años, Matilde, que había estudiado magisterio y desde hacía ya 5 años ganó el concurso para directores que hace el Ministerio de Educación, alentada por sus propios compañeros y compañeras que la animaron por el liderazgo que ella ya tenía ganado en la escuela.

  • Tú tienes que participar en el concurso, recuerda que Daniel se jubila y nos vamos a quedar sin director, así que echa pa´lante que aquí todos te vamos a apoyar.

Ése era el pensar de la mayoría de sus compañeros de la escuela. Daniel había logrado desarrollar en la comunidad educativa de la escuela un alto compromiso con la misma. No había una reunión del Equipo de Gestión, de la asamblea de profesores, pero también de las reuniones de padres, madres y amigos de la escuela en que él no animara e insistiera en que la educación era una responsabilidad compartida y que la escuela tenía que ser y mantenerse siempre como la esperanza para que los niños y niñas del barrio pudieran estudiar una carrera técnica o ir a la universidad. Pero que para ello había que cuidarla, mantenerla siempre limpia y organizada, que no era posible que un niño o una niña de la escuela no aprendiera a leer y pensar, que esa era la gran responsabilidad que todos ellos tenían y que, además, eso estaba por encima de cualquier cosa. Ése era el decir constante de Daniel y que siempre remataba con su frase preferida: “aquí no tenemos tiempo para perder el tiempo”.

La escuela era un gran espacio de participación de todos, y eso él lo había confirmado y desarrollado mucho más en la Escuela para Directores. Allí, en contacto con otros tantos directores y directoras con los cuales pudo compartir experiencias, fue fortaleciendo su idea de que su escuela tenía que poner la diferencia. Por eso organizó los organismos de participación, tanto de estudiantes como maestros; le puso mucho empeño a la Asociación de Padres, Madres y Amigos de la Escuela, pero también se reunió con las organizaciones de la comunidad, las iglesias y con líderes del barrio para que todos juntos asumieran la escuela como el proyecto más importante del barrio… y definitivamente que lo había logrado. Y no era que no hubiese problemas de muchos tipos, pero pudo mostrar que juntos todos y con un propósito común, las cosas eran diferentes. Así que Matilde, la directora que llevaba el liderazgo de la Escuela en este momento era la consecuencia del trabajo que Ramiro inspiró.

La historia de Miguelina y Juan era la historia de prácticamente todos los niños, niñas y jóvenes que estudiaban en la Escuela Planeta Tierra. Era tal el clima que reinaba en la escuela que prácticamente todos los días había que “sacar a los muchachos y muchachas” de la escuela. Era el sentir del personal de la escuela. Si algo había en todos ellos era el orgulloso por su escuela, que los hacía cuidarla y mantenerla limpia.

  • No puedo desmayar, se decía constantemente Matilde, Dios me puso aquí para que nuestros estudiantes sean mañana hombres y mujeres buenos, trabajadores.

Definitivamente, la Escuela Planeta Tierra, estuvo y sigue estando en buenas manos, pero sobre todo, de una comunidad comprometida con que siga así.

[1] Aunque se trata de una historia ficticia, algunas de las cosas que se narran personalmente he sido testigo de ellas en alguna que otra escuela de nuestro país. Es lo que mantiene mi esperanza de que es posible una mejor educación.

Fuente: acento.com.do

Sentido de vida y envejecimiento o envejecer con sentido

La necesidad de que se definan y se desarrollen políticas públicas para el acompañamiento y cuidado de las personas envejecientes es un hecho indiscutible y una necesidad perentoria.

JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA
Ante el hecho de que la esperanza de vida ha ido aumentando de manera significativa en los últimos años planteando importantes desafíos a los países, la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde finales de los años 90, ha planteado el concepto de “envejecimiento activo”, entendiéndolo como “el proceso de aprovechar al máximo las oportunidades para tener bienestar físico, psíquico y social durante toda la vida”. Destacan varios aspectos con tal de dar respuestas a dicho reto, entre ellos, el papel de la salud como predictor de un buen envejecimiento, la atención a las personas mayores y el fomento de políticas públicas que den respuestas concretas a la cuestión. Se hace énfasis en la optimización de las oportunidades de salud, como también de la participación y seguridad, a fin de responder a la calidad de las personas envejecientes.

El fenómeno tiene despabilado a economistas y políticos, que no saben qué hacer frente a este fenómeno, sobre todo por los costos que ello supone y que ponen en un primer lugar. Sin desconocer su importancia, pero admitiendo que la realidad no es otra, es lógico y necesario encaminar algunas reflexiones que contribuyan a la búsqueda de soluciones alternativas tanto en el plano personal como institucional y, por supuesto, de las políticas públicas.

El envejecimiento no es una enfermedad en sí misma, es una etapa de la vida donde se ponen de manifiesto, por una parte, las consecuencias de nuestros estilos de vida en las etapas anteriores, por otro lado, donde el desgaste natural del cuerpo requiere de atenciones particulares que los sistemas de salud, en sentido general, no colocan en sus prioridades, además de las múltiples connotaciones negativas que prevalecen sobre la misma, haciendo de ella, una carga y pesar para las familias y la sociedad. En una entrega anterior decíamos:

“La sociedad “nos jubila”, no con las perspectivas de disfrutar la vida más plenamente una vez cumplida “la función social desempeñada”, como tampoco, con las seguridades necesarias para la alimentación y la salud, sino que se nos aísla y destierra al submundo de la soledad”.

La pregunta sigue vigente entonces: ¿Cómo situarnos en el umbral del fin de nuestra existencia y cómo construir una vejez plena de sentidos y cargada de significados? No tenemos la fuerza de los años 40, ni 30 y, mucho menos, de los 20, pero sí la sabiduría de haberlos vivido de una u otra manera.

En este contexto resulta interesante lo planteado por Arthur Schopenhauer en su libro El arte de envejecer:

“Si el carácter de la primera mitad de la vida viene determinado por el anhelo insatisfecho de la felicidad, de igual modo el carácter de la segunda mitad viene determinado por la preocupación ante la infelicidad. En la primera prevalecen ilusiones, sueños y quimeras; en la segunda, el desencanto, en el cual se destaca la vanidad de todos. En la juventud predomina la opinión, en la vejez el pensamiento: de ahí que aquélla sea el tiempo de la poesía y ésta más bien de la filosofía. En la primera hay más concepción, en la segunda más juicio, penetración y fundamento”.[1]

Desde la sociología gerontológica se definen tres tipos de aproximaciones al concepto de envejecer: 1) como vejez cronológica, donde la edad es la variable a considerar; 2) la vejez funcional, en que el foco de atención son las limitaciones y discapacidades; y 3) la vejez como parte del proceso del ciclo vital con sus características particulares. En resumen: edad, estado de salud y lugar en la sociedad.[2]

Aunque reconozco la importancia de los tres enfoques, me centro en el último, el de la sociedad añadiendo a éste, el de la predisposición con que personalmente la asumimos.

Hace falta tener un propósito por cual apostar a la vida, un propósito que nos aliente a sentirnos útiles, así fuera frente a nosotros mismos, pero sin la agonía de la juventud por echar hacia adelante, como tampoco, con el desasosiego del final de la vida. Se trata de encontrar el Ikigai, es decir, lo que le da sentido a tu vida hoy, con los años que cargas y con toda la carga de los años a cuestas.

El ser humano es un ser de propósito que, por supuesto, van cambiando en la medida en que avanzamos en la vida, sin que ello signifique tampoco, la imposibilidad de darse y asumir nuevos retos y proyectos. Los ejemplos están a la vista, hombres y mujeres de edades avanzadas que deciden realizar estudios académicos en todos los niveles, como también, iniciar nuevas relaciones de parejas, como incluso, proyectos de vida social novedosos.

Un propósito que te anime, que te ponga en movimiento, que te haga experimentar nuevas sensaciones y experiencias, que te permita sentirte útil en ese momento de la vida, de eso se trata. De reconocer que cuentas con la sabiduría y la experiencia acumulada de los años vividos, sin la necesidad de la impronta de la juventud por alcanzar el éxito. Es lo que significa definir tu IKIGAI: aquello que me genera un nuevo sentido y significado porqué vivir.

Por supuesto, la edad como la salud física emocional, son factores importantes, que deben ser atendidos por la política pública. Desde aquella que deben promover la especialización de la atención médica y psicológica propia de la edad, bajo el concepto de gerontología, a aquellas que deberían promover el desarrollo de nuevas habilidades y competencias para la vida, como muy bien podría ser la “educación de adultos”, pero para adultos.

Desde que inicié la década de los sesenta he encontrado en el yoga y el taichi un estilo de vida nuevo, que me proporcionan experiencias y placeres novedosos. Que me han hecho descubrir nuevas realidades en mi propio organismo físico y mental. Aún subo a paso doble los cincuenta escalones que me llevan a mi hogar. Después de un día de actividades como las que suelo tener, no experimento cansancio. Entrados los setenta me inicio en la natación, preguntándome por qué no lo hice desde antes. Un ejercicio completo que me están ayudando a recuperar significativamente masa muscular. De eso se trata, de no acogerme al dictamen social del abandono.

Todas estas actividades, como otras, bien podrían ser parte de una educación para adultos. La pintura, la artesanía, la escultura, tocar algún instrumento, el senderismo, la jardinería, el canto, el baile y la danza, la fotografía, la observación de aves y su comportamiento, hasta de ser guía turístico. Algunas otras actividades sociales, aunque de características más complejas por lo que suponen intelectualmente, pueden ser “acompañantes éticos” ante la necesidad de tomar decisiones que suponen, precisamente, dilemas de esa naturaleza, tanto en el ámbito de la salud como de la educación. Servicio social voluntario en entidades especializadas para el desarrollo de políticas públicas, que aseguren un uso pulcro de los fondos públicos. Estas, como otras, son algunas de las tantas cosas que un “adulto-envejeciente activo” podría ofrecerle a la sociedad y con ello desarrollar nuevos propósitos de vida.

La necesidad de que se definan y se desarrollen políticas públicas para el acompañamiento y cuidado de las personas envejecientes es un hecho indiscutible y una necesidad perentoria. Pero de la misma manera, hacen falta políticas públicas y oportunidades sociales para que los envejecientes desarrollemos nuevas habilidades y destrezas que hagan de nuestras vidas, vidas útiles para nosotros mismos y la sociedad.

[1] Schopenhauer, A. (2009). El arte de envejecer. Alianza Editorial, S.A. Madrid.

[2] Rodríguez, N. (2018). Envejecimiento: Edad, Salud y Sociedad. Revista electrónica Scielo. Recuperado en Envejecimiento: Edad, Salud y Sociedad (scielo.org.mx)

Reflexión: El Día de los Reyes Magos

Es un día propicio para promover relaciones que apuesten por una cultura de paz, que antepongan la dignidad de la vida por estandarte.

Por JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

El Día de los Reyes Magos es una tradición cristiana que hace referencia a unos visitantes, que llegaron a Belén para adorar al recién nacido Jesús de Nazaret, según señala Mateo en su Evangelio (2:1-2), y quien en torno a la natividad incorporó muchos elementos que fueron importantes en la formación del cristianismo primitivo. El otro evangelista que hace referencia a esta visita es Lucas, pero sin incluir la visita de los Reyes Magos. Vale decir que Juan ni Marcos, hacen referencia a este acontecimiento en sus respectivos evangelios.

Mateo o San Mateo Apóstol o San Mateo el Evangelista, fue uno de los 12 apóstoles invitado por Jesús para seguirle. Él era un recaudador de impuestos al servicio de Herodes de Antipas, tetrarca de Judea. Según su propio relato (9:9) se encontraba en Cafarnaúm, a la orilla del mar de Galilea, cuando Jesús se le apareció y con solo decirle: “Sígueme”, él acudió al llamado de inmediato[1].

Mateo les confirió notable importancia a estos visitantes de otras tierras, pues se trataban de “gentiles”, es decir, personas no judías, es más, paganos, extranjeros o forasteros quienes fueron entonces los primeros en reconocer la manifestación de Dios de Israel en el recién nacido. El relato del evangelista es como sigue:

“Jesús nació en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes. Unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Es que vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo.” El rey Herodes, al oírlo, se sobresaltó, y con él toda Jerusalén. Así que convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le respondieron: “En Belén de Judea, porque así lo dejó escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel”. (Mateo 2:1-6).[2]

Más adelante, en los versículos 11 y 12 agrega:

“Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre. Entonces se postraron y lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Pero, avisados en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino”.

Oro, incienso y mirra, tres artículos muy caros, que generan una simbología interesante en torno al relato entonces, y que estaban destinados a los reyes en sus rituales reales: oro, por ser rey; incienso, porque era digno de adoración; y mirra, una hierba que mezclada con aceite se aplicaba en la preparación funeraria del rey, por su eventual muerte y sepultura.

Más que ante un hecho histórico, pudiéramos estar ante un hecho teológico, que en el contexto en que se sitúa la escritura de este evangelio, pudiera estar enfatizando el sentido y el significado del nacimiento de Jesús.

En ningún momento Mateo ofrece nombres a estos visitantes que solo los denomina como “Magos”, y que según se dice, sus orígenes, del Oriente, fueron más bien derivados de los regalos ofrecidos, vistiéndolos, además, como persas, con turbantes y túnicas. Se ha señalado que sus nombres aparecen en un manuscrito encontrado en Alejandría, Egipto hacia el año 500 d.C. La tradición le fue otorgando toda esta simbología y hasta sus nombres y características:

  1. Melchor, anciano de pelo blanco y barba larga, como un rey de Persia.
  2. Gaspar, de tez rubicunda e imberbe, rey de la India.
  3. Baltasar, de gran barba y piel negra, rey de Arabia o un moro.

Según se dice, el color de la piel pudiera representar a las naciones representadas en las genealogías de los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet.

Históricamente todo este relato pasó a constituirse en la cultura cristiana como el tiempo litúrgico de la epiphaneia(revelación, manifestación o aparición), doce días después de la Navidad, según nuestro calendario, y dos semanas después, según el calendario ortodoxo.

La celebración de la epifanía es una de las celebraciones litúrgicas más antigua, mostrando a Jesús ante el mundo pagano. ¿Es todo esto el reconocimiento en ese mundo de que Jesucristo se constituye en rey y salvador de la humanidad, y que esta fuera la intención del evangelista?

Si quieres mayor información visita la página web Reyes Magos – Enciclopedia de la Historia del Mundo (worldhistory.org)

El Día de Reyes, entonces, debería ser para quienes siguen la persona de Jesús, no solo un día de ofrecer regalos, principalmente a los niños y niñas, sino un día de celebración de que Él se hizo presente entre nosotros para ofrecernos la posibilidad de la Gracia del Padre. Es un buen período para que la familia, que sigue esa tradición, recupere el sentido de su existencia como espacio de construcción de hombres y mujeres que se comprometen a vivir como “luz del mundo y sal de la tierra”, apostando por relaciones humanas basadas en la bondad, la justicia, la inclusión, la solidaridad, la compasión.

De esa manera, pudiera servir para incentivar la imaginación y el sentido mágico en los niños y, con ello, fomentar y desarrollar la expresión y la comunicación de su mundo interior, permitiendo al mismo tiempo, incentivar también el pensamiento abstracto. En los primeros cuatro o cinco años de la vida, los seres humanos nos desenvolvemos en ese mundo de imaginación que nos envuelve y que nos permite ir dándole determinado sentido a nuestra realidad.

Puede ser una oportunidad, además, para que a través de la imaginación los y las niñas generen relatos que envuelva el fomento de relaciones positivas consigo mismo, con los demás, como con la naturaleza. Relatos que podrían ser expresados de múltiples maneras a través del cuento, la pintura, el canto, la actuación, permitiéndoles representar diversas situaciones, personajes, procesos y hasta finales de historias de diversas características. El juego simbólico es una herramienta poderosa en el desarrollo de la subjetividad en la niñez.

Es un día propicio para promover relaciones que apuesten por una cultura de paz, que antepongan la dignidad de la vida por estandarte, como la búsqueda y la construcción del bienestar colectivo, como propósito.

[1] Si quieres ampliar tu información sobre este importante personaje, por lo demás, Santo y Evangelista puedes consultar el sitio web Biografia de San Mateo (biografiasyvidas.com)

[2] Biblia de Jerusalén. Desclée De Brouwer, S.A. Bilbao. Nueva Edición, totalmente revisada. 2019

Fuente: acento.com.do

Sentido de la vida hoy y su espiritualidad (II)

Es imprescindible recuperar nuestra “libertad interior, que nadie puede arrebatar” y que le “confiere a la vida intención y sentido”.

 JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

En la entrega anterior puse fin con una pregunta ¿cómo construir un proyecto de vida hoy y qué espiritualidad le daría sentido?

La literatura existencialista nos problematizaba con el tema lanzándonos la interrogante de si vale o no la pena vivir la vida, cuestión esta central en la filosofía. ¿Tiene algún sentido nuestra existencia? Muchos filósofos griegos dedicaron gran parte de sus vidas tratando de responder esta cuestión. De la misma manera, Buda como Lao Tse y Confucio, desde el mundo oriental, también se cuestionaban sobre lo mismo. Arthur Schopenhauer, en su visión un tanto pesimista, afirmaba que la existencia es sufrimiento, “si el sufrimiento no es el auténtico y verdadero fin de la vida, entonces nuestra existencia es lo más estúpido que puede pensarse”.[1] Desde una perspectiva distinta, Ignace Lepp en el prólogo de su obra Riesgos y osadías del existir, nos señala “Vivir con autenticidad verdadera significa para nosotros aceptar la condición humana con su exigencia de un perfeccionamiento creador; no resignarse pasivamente, sino aceptar activamente”.[2]

Definitivamente que el sentido de la vida es parte consustancial de la historia del ser humano. Es muy difícil vivir la vida sin el cuestionamiento sobre su valor, su sentido y significado.

En la psicología también este ha sido y sigue siendo un tema de gran importancia y relevancia. Para Viktor Frankl el sentido de la vida se define y organiza en relación con un determinado propósito y la responsabilidad por alcanzarlo. Su obra inspirada desde las peores de las condiciones, preso en los campos de concentración de la Alemania nazi[3], es una propuesta para su búsqueda. A propósito de ello él decía: “El hombre puede conservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las más terribles circunstancias de tensión psíquica y física”. “El hombre no está completamente condicionado y determinado; al contrario, él decide si cede ante las circunstancias o se enfrenta a ellas. En otras palabras, el hombre se determina a sí mismo, no se limita a existir, sino que decide cómo será su existencia, en qué se convertirá en el próximo minuto”. Según él, “la búsqueda del sentido de su vida constituye una fuerza primaria, no una racionalización secundaria de sus impulsos instintivos”. Y es que “precisamente esa libertad interior, que nadie puede arrebatar, confiere a la vida intención y sentido”.[4] Fue su experiencia real y personal. Tal aseveración cobra especial relevancia con las palabras de Nietzsche cuando decía: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo”.

De lo que se trata es, entonces, identificar el propósito y construir o asumir una espiritualidad que le proporcione soporte o base de sustentación. No olvide que al hablar de espiritualidad nos referíamos al conjunto de principios y actitudes que configuran la cualidad de una persona o de un colectivo. La espiritualidad, en ese sentido, nos viene desde adentro como una fuerza interna que nos impulsa a la acción, dándole un determinado sentido a nuestras vidas. Es decir, le proporciona un significado. Esta puede ser o no de naturaleza religiosa.

A lo largo de toda la vida como seres humanos siempre hemos puesto nuestra atención y nuestra mirada hacia el futuro. Visualizamos una vida distinta como persona y como colectivo. La utopía nos guía, nos genera formas de comprender el mundo y de actuar en el mundo. Revolucionan el presente como forma de negación de lo que nos impide ser y alcanzar la esencia de lo que somos. No por otra razón, en un mundo que nos cosifica, que nos ha convertido en “cosa”, que manipula nuestra conciencia y nuestros modos de pensar y actuar, que promueve en nosotros una suerte de anomia personal y social, y que, por lo demás, nos genera la sensación de sentirnos incapaces de enfrentar y cambiar esta realidad, lo que Seligman llama, indefensión o desesperanza aprendidas, nos refugiamos entonces en una suerte de esoterismo personal-colectivo, como forma de refugio.

La ausencia de proyectos sociales comprometidos con el bienestar colectivo, al mismo tiempo que el desarrollo de una cultura política clientelar y corrupta, han contribuido con el desarrollo de actitudes y comportamientos individualistas que refuerzan la negación de nuestra esencia como seres sociales.

Lea también: Sentido de la vida hoy y su espiritualidad (I)

Hace falta construir nuevas opciones y posibilidades que hagan resurgir en cada uno de nosotros las motivaciones y convicciones internas adormecidas que les den sentido a nuestras vidas, encaminándolas hacia nuevas posibilidades. Es precisamente el contenido que nos aporta Marcos Villamán en su extraordinaria obra “Trastocar las lógicas, empujar los límites: democracia y equidad”[5], en la que nos invita a “la necesidad de una recuperación de la dimensión ética como condición para la posibilidad de enfrentar con éxito los grandes problemas actuales”. Añadiendo más adelante: “para que esta interpelación tenga sentido deberá existir también el sentimiento y el convencimiento de que la situación es transformable por la acción de los seres humanos hacia formas de convivencia que se consideran más humanas y que se constituyen en finalidades compartidas, en horizontes, en utopías”.

¿Cuáles posibilidades, cuáles utopías? Quizás haga falta soñar y pensar en un mundo nuevo, en una nueva sociedad donde impere el bienestar colectivo; donde se forjen y promuevan nuevas maneras de relacionarnos, donde se desarrolle una nueva conciencia de ser en relación consigo mismo, los demás y el entorno; donde los recursos que se disponen desde los gobiernos se empleen para el desarrollo de las políticas sociales que hagan posible una vida distinta, penalizando muy duramente a quienes, en sus actuaciones, vulneren los principios fundamentales de la vida colectiva. Hacen faltas espacios de educación y formación en las escuelas, institutos y universidades, donde en el día a día, se vaya prefigurando la sociedad y el mundo en que queremos vivir guiados por una ética de la vida.

Recuperar la utopía es promover la cultura del servicio y del servidor, es la promoción del buen decir y del buen actuar en la vida familiar, comunitaria y social, es desterrar de una vez por todas el clientelismo y el nepotismo en las estructuras de los estados y de los gobiernos, es ensanchar la conciencia de que el planeta en que vivimos es nuestra casa común, como muy bien planteó el Papa Francisco en su carta encíclica Laudato SI´; es construir puentes de solidaridad y no muros de exclusión.

Recuperar la utopía y construir espiritualidades que nos impulsen al buen decir y al buen vivir, es tener escuelas limpias y seguras, higienizadas de los intereses políticos partidarios ajenos a ella, con un magisterio altamente formado, motivado y comprometido para que todos los niños, niñas y adolescentes, como los adultos que acuden a ella, aprendan: aprendan a conocer, aprendan a aprender, aprendan a vivir juntos y aprendan a ser, es decir, a construir una nueva conciencia como ser personal y social.

Recuperar la utopía pasa por la “conversión hacia una vida éticamente fundamentada, capaz de hacerse explícitamente cargo de los valores éticos que la soportan, que se dispone a confrontarlos con tolerancia y firmeza, y es capaz de transformación permanente con base a criterios de mejores condiciones para la defensa y el cuidado de la vida. Un ser humano animado por la Esperanza y la ilusión utópica de que la vida es construible por los seres humanos mismos”.[6]

Para ello es imprescindible recuperar nuestra “libertad interior, que nadie puede arrebatar” y que le “confiere a la vida intención y sentido”.[7]

Una vida con sentido, podría decirse, es aquella que se estructura sobre algo más elevado que nosotros mismos, y qué, mientras más elevado sea ese algo, por supuesto, mayor sentido tendrá nuestra existencia.

[1] Shopenhauer, A. (2018). Parábolas y aforismos. Alianza Editorial. España.

[2] Lepp, I. (1967). Riesgos y osadía del existir. Ediciones FAX. Madrid. España.

[3] Auschwix, Dachau y otros campos de concentración.

[4] Frankl, V. (2015) El hombre en busca de sentido. Herder Editorial, S.L. Barcelona. 3ª. Edición, 12ª impresión, 2020.

[5] Villamán, M. (2003). Trastocar las lógicas, empujar los límites: democracia y equidad. Instituto Tecnológico de Santo Domingo. República Dominicana.

[6] Villamán, M. Obra citada.

[7] Frankl, V. Obra citada

Fuente: acento.com.do

El sentido de la vida hoy y su espiritualidad (I)

El sentido de lo nacional, lo comunitario e, incluso, hasta lo familiar se desdibuja ante el galopante y exacerbante individualismo.

 JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

Cada época tiene sus propias particularidades y características, al mismo tiempo que marcada por unos acontecimientos históricos determinados. Luego de la II Guerra Mundial vivimos una época bipolar caracterizada por la dicotomía ideológica capitalismo versus socialismo. Conocíamos las consecuencias de uno y contemplábamos con esperanza de que el otro instauraría otras maneras de organizar y vivir la vida. La realidad histórica está ahí y cada uno que haga su propio juicio.

El 9 de noviembre del 1989 el mundo vivió un hecho que pronosticaba un cambio radical de época, la población alemana de manera pacífica derriba el muro que les había dividido “simbólicamente” entre ambos sistemas de vida. Dicen algunos incluso, que marcó el fin de la llamada “guerra fría”, inaugurando, según otros, la construcción de un nuevo orden mundial que nos colocaba ante el futuro inmediato con muchas incertidumbres.

En aquellos años y en plena juventud, el sentido de la vida que muchos jóvenes compartíamos era la esperanza de un cambio social, muchas vidas sacrificadas en aras de este proyecto. Desde la fe en Jesús, el Cristo y el Crucificado, y guiado por su Palabra, un número importante de jóvenes procurábamos vivir la vida desde esa perspectiva. Teníamos referentes históricos importantes, algunos más radicales que otros en su accionar social. Con sus estilos de vida, permitían pensar y vivir el evangelio encarnado en las realidades en que accionábamos. En aquel entonces dos organizaciones de naturaleza eclesial, pero con características distintas, ofrecían la posibilidad de un accionar que les proporcionaba significado y sentido a nuestras vidas, fueron la Juventud Obrera Católica (JOC) movimiento fundado por el reverendo Joseph Cardijn en Bélgica y que en nuestro país tuvo el acompañamiento del P. Fernando Arango, sacerdote jesuita. Con su aprobación papal en el año de 1926 se propagó internacionalmente. El segundo, la Juventud Estudiantil Católica (JEC) que tiene sus orígenes en el Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos que nació hacia el año 1921 como una federación de los movimientos católicos estudiantiles. Es hacia el 1925 que nace como JEC, como parte de los movimientos especializados de Acción Católica. En República Dominicana se inicia hacia mediados de los años 60, luego de la Revolución de Abril, con la llegada del Hno. Lasallista Alfredo Morales. Ambos movimientos inspirados en los Evangelios procuraban promover la reflexión sobre temas sociales, políticos, económicos, culturales y religiosos, potenciando la responsabilización y participación de los jóvenes en la vida social y política. No puedo olvidar que estas reuniones seguían un riguroso método que nos permitía la unidad realidad-evangelio-acción, VER-JUZGAR-ACTUAR, mejor conocido como “Revisión de Vida”.

La vida personal como incluso estudiantil y posteriormente profesional, estaba enmarcada en la decisión asumida de manera consciente, pero también celebrada con otros, por la Palabra contenida en los evangelios y los Hechos de los Apóstoles. La Teología de la Esperanza, como también la Teología de la Liberación y muchos otros teólogos contemporáneos, se constituyeron en referentes intelectuales para darle contenido a la vida decidida y compartida. Fue lo que nos llevó a algunos a encarnarnos en el contexto de los más desamparados y asumir la perspectiva evangélica desde “los más pobres”. Los documentos conciliares (Vaticano II) como los que emanaron de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano conocido como los documentos de Medellín (1968), nos ofrecían el marco de referencia eclesial y pastoral para justificar y explicar las decisiones asumidas. Vivir la vida radicalmente desde la fe contenida en la Palabra y la opción preferencial por los pobres, se constituye en estandarte entonces.

Todo ese marco era lo que servía de base y, al mismo tiempo, se constituía en la guía para el desarrollo del Proyecto de Vida. Muchos otros jóvenes en América Latina y otros países del mundo, asumieron este reto que le daba sentido y significado a sus vidas. Unos, y no muy pocos, la perdieron en el camino asumido. Su sangre humedeció y abanó el suelo de muchos pueblos latinoamericanos. En unos más que en otros, pero no hay país en América Latina que no guarde en su memoria los nombres de un gran número de jóvenes quienes ofrendaron su vida por el bienestar de su pueblo, como respuesta inspirada en la Palabra.

Pero, como dice la canción, “la vida da vueltas y el tiempo corriendo pasa”, nos encontramos hoy en un mundo y en una sociedad distinta, diferente, donde los referentes históricos e institucionales han cambiado, son otros y con otras características.

En el terreno político, pasamos de la bipolaridad a la unipolaridad, con una consecuencia inmediata y, diría, algo complicada. El enfrentamiento capitalismo vs socialismo tenía como tela de fondo al ser humano y su dignidad, y, con ello, todo el tema de la justicia social, la lucha contra la desigualdad social y la violencia estructural, así como la reivindicación del ser y no la del tener. Es decir, la dimensión humana se colocaba en el centro mismo del accionar social y político por el cambio social. Era la esperanza, la utopía entonces.

El mundo que se estructura luego es otro, marcado por la globalización y el influjo poderoso del mercado, donde todo se hace “mercancía” y adquiere valor de compra, y que en su configuración borra y prácticamente hace desaparecer lo estrictamente humano como principio, sustituyéndolo por el objeto apetecido a como de lugar, y haciendo del éxito personal la regla de juego sin importar incluso el camino para alcanzarlo. Los jóvenes hoy tienen una frase algo complicada al respecto: “to e to y na e na”.

Por supuesto, el sentido de lo nacional, lo comunitario e, incluso, hasta lo familiar se desdibuja ante el galopante y exacerbante individualismo. El propósito de vida no va más allá del éxito anhelado o el objeto apetecido, por lo que el compromiso se torna “consigo mismo”, y solo pudiendo llegar al otro, como un ejercicio de eventual de “solidaridad humana con el más desvalido”.

Las ideologías políticas se desvanecen, lo que llevó a Francis Fukuyama a proclamar “el fin de las ideologías o la convergencia entre capitalismo y socialismo”; haciendo honor a tal acontecimiento cobra vida aquel tango que lleva como título Cambalache, escrito y musicalizado por Enrique Santos Discépolo en 1934 y que en dos de sus estrofas nos dice:

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor

Ignorante, sabio o chorro, pretencioso estafador

Todo es igual, nada es mejor

Lo mismo un burro que un gran profesor

No hay aplaza’os, ni escalafón

Los inmorales nos han iguala’o.

Si uno vive en la impostura y otro afana en su ambición

Da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos

Caradura o polizón

En este mundo sin un aparente norte colectivo en procura del bienestar de todos, y solo encaminado, aparentemente, hacia el éxito personal a toda costa, o hacia el consumo de lo grotesco y lo burdo como objetos de deseos, el proyecto de vida como proyecto social se ve seriamente limitado y, hasta cierto punto, cuestionado.

En ese contexto el sentido de la vida y su espiritualidad, y con ello los principios y actitudes que configuran la cualidad de una persona o de un colectivo que guían y dan congruencias a su pensar y su actuar, se desdibuja.

La pregunta que dejo en el aire con el ánimo de recuperar posteriormente es: ¿Cómo construir un sentido de la vida hoy y qué espiritualidad le daría sentido?

Fuente: acento.com.do

Educación y ciudadanía responsable compartida

No dejemos que el vuelo de las mariposas Patria, Minerva y María Teresa sea solo una fecha para recordar el oprobio, es decir, el crimen y la violencia, la discriminación y la exclusión.

Este 25 de noviembre y en razón de la celebración del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, instituido como tal por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el 1999, a propósito del asesinato y crimen de las hermanas Mirabal: Patria, Minerva y María Teresa en el 1960 en la postrimería de la dictadura trujillista, fui invitado por la Dirección de Equidad de Género y Desarrollo del Ministerio de Educación de la República Dominicana a dirigir unas palabras en la apertura de su campaña Lazo Blanco, lo que me llevó a pensar en educación y ciudadanía responsable compartida, título que he dado a esta intervención, para una sociedad centrada en el respeto a la vida y la dignidad, la justicia y la igualdad, el decoro y la solidaridad.

No olvidemos, como muy bien decía nuestro poeta nacional, don Pedro Mir… el nuestro

Es un país en el mundo

colocado

en el mismo trayecto del sol.

Oriundo de la noche.

Colocado

en un inverosímil archipiélago

de azúcar y de alcohol.

Sencillamente

liviano,

como un ala de murciélago

apoyado en la brisa.

Sencillamente

claro,

como el rastro del beso en las solteronas antiguas

o el día en los tejados.

Sencillamente

frutal. Fluvial. Y material. Y sin embargo

sencillamente tórrido y pateado

como una adolescente en las caderas.

Sencillamente triste y oprimido.

Sencillamente agreste y despoblado.

… pero, al mismo tiempo, con una generación de niños, niñas y adolescentes que esperan por nosotros para que les ofrezcamos una educación de calidad, que los forme como ciudadanas y ciudadanos responsables y conscientes de su historia y de su construcción histórica como pueblo, de su identidad, pero al mismo tiempo, con los retos por delante de avanzar hacia la construcción de una nueva sociedad, como posiblemente la soñaran las hermanas Mirabal, y en la que florezcan y se cultiven las acciones del buen decir como del buen hacer; en la que mujeres y hombres juntos, construyamos el camino de una nueva tierra y de un cielo nuevo posible.

Para que esto sea una realidad, se requiere una nueva escuela, que en su accionar diario prefigure nuevas maneras de ser mujer y ser hombre, en un vínculo centrado en el amor y el respeto absoluto, como principios de vida. Una escuela que nos enseñe el valor de la ternura, permeando los procesos del aprender a conocer, aprender a aprender, aprender a ser y aprender a vivir juntos, pilares fundamentales, como bien nos señaló Delors en su hermoso libro “La educación encierra un tesoro”, para una educación que nos libere de ataduras pasadas y presentes, cargadas de injusticias, discriminación y exclusión, machismos, y de esa manera, apostar por el desarrollo de una cultura de paz.

No dejemos que el vuelo de las mariposas Patria, Minerva y María Teresa, sea solo una fecha para recordar el oprobio, es decir, el crimen y la violencia, la discriminación y la exclusión; preferiría, sí me lo permiten, que sea el día para construir nuevas maneras de ser hombres y de ser mujeres, en una relación armónica, de igualdad y de respeto, y que en sus diferencias y complementariedades haga posible que broten los retoños y botones de nuevas formas de vida que promuevan estilos de vida expansivos, generadores de bienestar y felicidad para todos, es decir, generadores de una vida centrada, de nuevo, en una cultura de paz.

Una educación centrada en deberes y derechos humanos y ciudadanos sería la mejor garantía para forjar hombres y mujeres nuevos, conocedores de su realidad histórica, cuestionadores del orden social injusto que nos tiene presos en la codicia y la cultura de la corrupción, del individualismo y la falta de conciencia social pero que, al mismo tiempo, sean capaces de construir nuevas maneras de sentir, comprender y actuar en el mundo.

Una escuela que responda a las expectativas de los propios estudiantes que aún depositan en ella sus mayores esperanzas, como muy bien lo han planteado en los dos estudios internacionales de educación cívica y ciudadanía en que el país ha participado. Una escuela dotada de todos los recursos necesarios, sobre todo, maestros altamente formados y capacitados para promover en ellos todas las inteligencias múltiples posibles.

Espero, y es mi mayor deseo y expectativa, que este 25 de noviembre del año 2022, en que celebramos el legado que nos dejaran Patria, Minerva y María Teresa, que no tuvieron reparos en entregar sus vidas e inmolarse, nos sirva para acrecentar en nosotros y en nosotras, vínculos fuertes de solidaridad y compasión, de amor y respeto por la vida en todas sus manifestaciones, muy especialmente, la vida de la mujer.

Que nos conduzca a superar el machismo y la misoginia que solo contribuyen a fomentar una cultura de violencia y negación de la vida. Hagamos de nuestros espacios escolares lugares de vínculos fraternos y amorosos, donde primen las virtudes fundamentales que como seres humanos hemos construidos y que nos pueden elevar por encima de la nimiedad,  como son: sabiduría y conocimiento para el desarrollo y fortalecimiento de la creatividad y la curiosidad, el amor por conocer y aprender; el coraje que fomenta la valentía, la persistencia y la integridad; el sentido de humanidad que nos conduce por el camino del amor, la inteligencia emocional, como la bondad y la generosidad; el sentido de justicia para hacer posible una sociedad más equitativa y justa, con liderazgos centrados en el bienestar de todos; la templanza que nos haga fuertes antes los excesos que el mundo del mercado nos ofrece como parangón de la felicidad; y, finalmente, la trascendencia que nos coloca ante la apreciación de la belleza, la espiritualidad, pero también el sentido del humor, la gratitud y la esperanza.

“Nuestra humanidad biológica”, como bien señala Fernando Savater en su libro El valor de educar, necesita una confirmación posterior, algo así como un segundo nacimiento en el que por medio de nuestro propio esfuerzo y de la relación con otros humanos se confirme definitivamente el primero. Hay que nacer para humano, pero sólo llegamos plenamente a serlo cuando los demás nos contagian su humanidad a propósito… y con nuestra complicidad”. Esa es en gran medida la misión de educar, hacer seres humanos que aprecien la vida, que crezcan hasta el límite que impone el cosmo, que construyan su individualidad reconociendo al otro, como alteridad -base fundamental de los deberes y de los derechos- que, siendo niños y niñas, adolescentes y jóvenes, crezcan en el reconocimiento del valor del otro, de su complementariedad, en un vínculo afectivo guiado por el respeto y la solidaridad permanente.

Una escuela así requiere hombres y mujeres que antes que nada asuman su propia humanidad radicalmente, recordando como bien decía Carl Jung, “domine todas las teorías y todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sea un alma humana”.

Ese afán histórico por educar a las nuevas generaciones, por colocarlos en su momento justo, lo que da sentido y significado a la escuela. No es solo el trabajo, es la vida en toda su expresión y cómo vivirla, lo que hace de la escuela el espacio de desarrollo y aprendizaje por excelencia. La escuela en su misión educadora y promotora de hombres y mujeres integrales debe ser promovida como comunidad de aprendizaje, que organiza las relaciones y su gestión, propiciando procesos de aprendizaje desde la perspectiva de una sociedad democrática y participativa, productiva, ecológica y éticamente responsable.

Reitero lo dicho antes, no dejemos que el vuelo de las mariposas Patria, Minerva y María Teresa sea solo una fecha para recordar el oprobio, es decir, el crimen y la violencia, la discriminación y la exclusión; preferiría, sí me lo permiten, que sea el día para construir nuevas maneras de ser hombres y de ser mujeres, y para que esto sea posible, construir una nueva escuela en que lo lúdico se entremezcla con el rigor y el estudio, la imaginación y la creatividad, la música y la lógica matemática en un clima de respeto y confianza, que prefigure la sociedad anhelada.

¿Cómo no soñar que es posible construir una nueva escuela, para una nueva sociedad y un nuevo país dominicano?

Muchas gracias

Fuente: acento.com.do

Sobre la grandeza del ser humano

Bienvenido Flores

Con este título pretendo motivar a nuestros amigos a no rendirse.

Un ser humano nunca está viejo, solo está agotado si deja de levantarse con determinación.

Hemos visto a lo largo de la historia que, por ejemplo, Aristóteles escribió sus extraordinarias obras después de 55 años de edad, Charles Darwin escribió sobre el origen de las especies humanas a los 70 años, Pablo Picasso realizó sus grandes obras de artes a los 92 años, Moisés dirigió el éxodo a lo 80 años, Issac Newton realizó sus descubrimiento unos 43 años después.

Otros pensadores como Euclides, JJ Rosseau, Nicolás Copérnico, Albert Einstein , Alquimides , René Descartes hicieron grandes aportes científicos y no tuvieron el privilegio de ir a universidades como Oxfort, La Sorbona, Harvard, Stanford, sin embargo la actitud de nunca rendirse les convirtió en las mejores referencias mundiales en materia de investigación, descubrimiento y formación.

Son la actitud y aptitud lo que cuesta.

Los seres humanos nunca deben permitir que mentes pequeñas les hagan creer que sus sueños y plan de vida son demasiados grandes, porque la vida solo se pierde cuando se pretende vivir la de otro y no la propia. Criticando los errores de otros y no los propios, porque la vida no se pierde cuando se deja de respirar, sino cuando se deja de ser feliz, cuando se deja de soñar.

Si te rindes hoy, de nada sirvió el esfuerzo de ayer.

Lo más importante no es la marca de un buen carro, unos buenos zapatos, una buena compra, sino lo más gratificante y significativo son las HUELLAS que has dejado.

 

No perdamos lo fundamental, la calidad del maestro

Más que un nuevo currículo, a la escuela lo que le hace falta son maestros con las competencias y habilidades profesionales necesarias.

Por JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

Es un lema que se escucha por todas partes, a nivel nacional como también internacional, que la calidad de los sistemas educativos está relacionada, principalmente, con la calidad de sus docentes.

Un buen maestro es aquel que conoce acerca de lo que tiene que enseñar, además, de saber gestionar las oportunidades propiciadoras de los procesos de aprendizaje en sus estudiantes, que al final de cuentas, es su misión principal y el fin del sistema educativo mismo.

No podré enseñar matemática y ciencias, si de ellas no tengo el conocimiento requerido y supuesto como profesional de la enseñanza. Tampoco tendré la oportunidad de hacerlo en lectura comprensiva, si como profesional de la enseñanza, no tengo el hábito de la lectura como tampoco diera signos de comprender aquello que leo.

Quiere decir que la mejor garantía para que todos los y las estudiantes aprendan es contar con un buen maestro, un profesional de la enseñanza, que además de saber lo que tiene que enseñar, domina las herramientas didácticas de cómo hacerlo.

Eso que parece tan obvio deja de serlo cuando las pretensiones se encaminan hacia otras cuestiones que, sin dejar de ser importantes, no son el principal factor para alcanzar altos logros de aprendizajes.

Con esto queremos plantear dos cuestiones que sí son fundamentales para la pretendida calidad de la educación en nuestro país: su formación inicial y formación continua.

Sobre la primera, se han hecho grandes esfuerzos en los últimos años que quedaron plasmados en la Normativa 09-2015, que regularía los procesos de formación profesional de los maestros en las instituciones de educación superior. Muy a pesar de los resultados significativos que al ser aplicada por varias universidades ésta generó, poniéndose de manifiesto en el pasado concurso docente del Ministerio de Educación, la normativa por el nivel de exigencia que suponía para estas instituciones encontró notables resistencia en su continuidad. Hoy día, la situación parece estar en una especie de limbo, que no termina por aclararse. Lo que sí debe quedar claro, es que volver a los viejos esquemas de formación anterior a dicha normativa, es seguir echando el dinero del presupuesto de educación al zafacón, situación dramáticamente expuesta por el ministro de educación, Ángel Hernández, al asumir el cargo.

Sobre la segunda, es decir, la formación continua, es preciso señalar que la evaluación del desempeño docente que se llevó a cabo en el 2017 ofrece notables evidencias de cuáles son aquellas “oportunidades de mejora” en la gestión pedagógica por parte del docente en todos los niveles y grados. Estas oportunidades deberían constituirse en un marco de referencia para el acompañamiento pedagógico. Estas son:

-Planificar el trabajo de aula;
-Activar en sus alumnos los conocimientos previos que son necesarios para que comprendan los contenidos que se tratarán en esta clase;
-Establecer normas claras de convivencia en el grupo de alumnos y que estos se respeten;
-Hacer un uso óptimo del tiempo destinado a la clase;
-Uso óptimo de los recursos didácticos disponibles de conformidad con los requerimientos metodológicos de la asignatura y del tema de la clase;
-Relacionar los contenidos a desarrollar con los de otras asignaturas, presentando situaciones que evidencian dicho vínculo;
-Cuando un alumno no responde correctamente una pregunta, ejercicio o actividad orientada por el docente, brindarle suficientes niveles de ayuda para que reflexione y corrija su error;
-Utilizar los errores cometidos por los alumnos como ocasiones propicias para profundizar en el aprendizaje;
-Realizar un adecuado cierre de la clase.

Cualquiera diría que los elementos antes expuestos son cuestiones básicas que el maestro debe tomar en consideración y realizar en el aula, solo que la evidencia de la evaluación del desempeño señalada dejo entrever que las mismas no son dominadas por una gran parte de nuestros docentes en el aula. Los datos de la evaluación permiten incluso, la programación de la formación continua por maestros, centros educativos, distritos y regionales educativas, como también a nivel nacional. Desaprovechar dicha oportunidad solo pone de manifiesto la miopía, que en materia de políticas educativas ha primado en nuestro país.

Más que un nuevo currículo, a la escuela lo que le hace falta son maestros con las competencias y habilidades profesionales necesarias, así como las actitudes positivas hacia la enseñanza y una gran motivación, para desarrollar una gestión de calidad.

Fuente: acento.com.do

¿Qué escuela, cuáles sujetos, para cuál sociedad?

Le tenemos terror a lo nuevo, terror a dejar viejos esquemas que ya no aguantan más remiendos, terror a perder el estatus del conocimiento adquirido hace añales y que definitivamente han dejado de tener relevancia e importancia en los actuales momentos.

Por JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

En septiembre del 2020, en una entrevista concedida a Tom Bilyeu, Yuval Noah Harari autor de tres libros que lo han hecho famoso a nivel mundial: Sapiens: de animales a dioses, Homo Deus, una breve historia del mañana y 21 lecciones para el siglo XXI, planteó que en un futuro no lejano serán necesarias dos destrezas fundamentales para enfrentar la vida, sobrevivir y sucumbir a las perturbaciones sucesivas en mundo laboral, las relaciones y la política: “estabilidad mental y la inteligencia emocional para reinventarnos repetidamente”. Según él, estas dos destrezas “marcarán la diferencia entre los que se adaptan y los que sucumben al escenario de variabilidad constante que representa el siglo XXI”. Llega a decir incluso que “nadie sabe cómo será el trabajo en el 2040” [1].

Esta especie de premoción ya la he leído en otros autores que plantean que el desarrollo de las tecnologías cambiará radicalmente, como lo están haciendo actualmente, nuestras vidas, haciendo irreconocibles muchas de las cosas que hace no más de 15 años eran parte de nuestra vida cotidiana.

Tendrá o no razón el autor de Sapiens, lo que sí es muy claro que seguir insistiendo en una educación centrada en la memorización de información y la repetición de la misma no servirá de nada, y ya hoy, es una gran pérdida de tiempo.

En este contexto lo planteado por Jacques Delors y que llamó los cuatro pilares de la educación cobra mayor sentido, es necesario que nos centremos en aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser, y, de esa manera, tener la posibilidad de un accionar con sentido en la época que nos ha tocado vivir.

La historia del ser humano no ha sido otra cosa que la historia del saber. Como muy bien señala Charles Van Doren en su libro Breve historia del saber[2]:

“En nuestras vidas aumentamos progresivamente nuestro conocimiento con cada día y año que pasa, porque siempre recordamos al menos algo de lo que hemos aprendido anteriormente, y vamos añadiendo nuevos conocimientos a esa base. Del mismo modo, como especie, nuestra memoria colectiva retiene, al menos, algo de conocimiento del pasado y aumentamos ese patrimonio con cada nuevo descubrimiento que realizamos”.

Para Van Doren, este proceso perdurará “mientras los seres humanos continúen escribiendo libros y leyéndolos o – lo que cada vez es más común- almacenen su saber en otro tipo de soportes para uso de generaciones futuras”.

Tales ideas no hacen más que ratificar una especie de axioma acerca de la educación formal y su espacio fundamental de gestión de los aprendizajes: “la escuela no puede seguir funcionando de espalda a la vida, ni mucho menos a la época en que se sitúa, como si nada estuviera pasando”.

Los contenidos prescritos en el currículo deben estar puestos a la generación de nuevos relatos, de nuevas maneras de comprender y representar las cosas, desde la perspectiva del desarrollo del conocimiento y del bienestar colectivo, abriéndonos hacia formas de vida más expansivas y saludables, más cargadas de optimismo y esperanzas, de solidaridad, de empatía y compasión, de igualdad y justicia, temas estos tan importantes en el momento que vivimos, plagados de incertidumbres, egoísmos, negación de la vida en todas sus manifestaciones. Diría más, los contenidos curriculares deben estar más acorde con una educación para la vida y la época, orientados por los cuatro pilares antes señalados y propuestos por Delors.

Antes que nada, se trata de formar seres humanos aprendan a vivir la vida en armonía con la naturaleza, consigo mismo y con los demás.

Como institución para aprender, la escuela debe ser organizada para hacer posible que los estudiantes, en sus diferentes edades, desarrollen y aprendan las competencias y habilidades que los prepare para el ejercicio de una ciudadanía responsable en todas las dimensiones de la vida. Que desde la sensibilidad de la vida infantil y transitando hacia el desarrollo del lenguaje, la creatividad y el pensamiento lógico permitan pensar, construir y expresar nuevas realidades, desde la estrategia de proyectos colectivos, fomentando en ellos el análisis crítico de sus propias realidades, el desarrollo de actitudes de responsabilidad y respeto por la naturaleza y la propia humanidad. Hombres y mujeres solidarios, sensibles al dolor y las angustias del otro, compasivos y misericordiosos.

El cambio de ruta que la educación hoy nos exige, implica una actitud de apertura radical a formas de pensamientos disruptivas, que no dudan en “ofender” el sentido común; formas de pensar holísticas, inter y transdisciplinares, que contienen en sí mismas el germen del cambio continuo, orientado por la comprensión crítica y al mismo tiempo reafirmadoras del bienestar colectivo.

En el Modelo de Gestión para la Calidad de los Centros Educativos, que cada vez me convenzo más que no llegamos a comprender su esencia transformadora, está la simiente de esta idea y actitud que debe primar en la escuela y, por añadidura, en la educación. Los seres humanos vivimos continuamente la realidad en nuestro mundo subjetivo, cambiando y transformando nuestros esquemas mentales, por lo que los niños, niñas y adolescentes no tienen que adaptarse a la escuela, es la escuela que tiene que estar continuamente cambiando para responder a esas nuevas realidades subjetivas, que se van objetivizando en las características que adornan los procesos continuos de cambios.

Ellos viven una vida y tienen una mente digital, mientras nuestras propuestas y respuestas permanecen en el mundo analógico. Nuestra mente es binaria, o es 1 o es 0; en la de ellos 1 puede ser 0 al mismo tiempo y viceversa. Vivimos apegados a una estética formal y a los sentimientos que ella despierta, pues aún seguimos apegados a una percepción sensorial limitada a nuestros sentidos ya obtusos para muchas de las cosas que vienen sucediendo. Cuando veía a mis hijos jugar a Mario Bros siempre decía que aquello no me parecía nada lógico, pues a quien se le ocurre dar una patada en el aire a algo que está ahí para obtener más vida… la respuesta era muy clara, ¡Papí! Es que no te das cuenta… definitivamente, no, no me daba cuentas. Solo que ellos, sí.

Creo que atravesamos por un “hoyo o agujero negro” y no nos percatamos de que estamos en otro mundo (o a lo mejor pensamos que estamos en un mundo bizarro y, por tanto, ilógico), y así seguimos aferrados a nuestras creencias y a nuestras certezas, haciéndonos creer que solo nuestras maneras de ver y entender las cosas son las válidas.

Todo luce que seguiremos trillando los mismos caminos “que hemos aprendido”, porque son las mismas preguntas que nos venimos haciendo desde hace ya más de treinta años y que, por supuesto, solo conducen a las mismas respuestas. Le tenemos terror a lo nuevo, terror a dejar viejos esquemas que ya no aguantan más remiendos, terror a perder el estatus del conocimiento adquirido hace añales y que definitivamente han dejado de tener relevancia e importancia en los actuales momentos. Seguimos empeñados en una reforma ya superada, seguimos empeñado en unas políticas educativas que solo justifican nuestra permanencia.

Transformar la escuela implica transformar esas certezas y todas esas creencias, y si eso no es posible, dejemos que sean otras las mentes que la piensen y la construyan.

[1] Recuperado en Las dos únicas destrezas que necesitarás para el resto de tu vida según Yuval Noah Harari – Infobae

[2] Van Doren, Ch. (2021). Breve historia del saber. La cultura al alcance de todos. Editorial Planeta. Barcelona

Epicureísmo y el arte de la felicidad

La felicidad como el bienestar, los cuales generalmente vienen juntos, es la consecuencia de una vida con propósitos y con sentido, una vida que genera satisfacción por los logros alcanzados, de una vida que celebra con los demás las pequeñas cosas que ella te brinda.

Lecciones de Epicureísmo. El arte de la felicidad es el título de un libro del filósofo John Sellars, profesor de filosofía en la Royal Holloway de la Universidad de Londres y miembro del Wolfon College de Oxford, publicado en el 2021, momento muy propicio para pensar y recuperar algunos temas vinculados con nuestro bienestar personal y colectivo. Un gran tema para esta época que nos ha tocado vivir y así iluminar las tantas incertidumbres que la vida contemporánea post covidiana nos ha traído y nos ha dejado.

Tome en consideración el impacto que la COVID-19 ha tenido a nivel mundial “por el aislamiento social resultante de la pandemia”, además de  “las limitaciones en la capacidad de las personas para trabajar, buscar apoyo de sus seres queridos y participar en sus comunidades”, agravando una situación que ya de por sí era preocupante respecto a nuestra salud mental y que según la OMS (Organización Mundial de la Salud) para el 2019 “casi mil millones de personas -entre ellas un 14% de los adolescentes de todo el mundo- estaban afectadas por un trastorno mental”[1]. Siendo los jóvenes y las mujeres lo más afectados, según el Informe.

Pero antes ¿quién fue Epicuro? Epicuro de Samos, fue un filósofo griego que se ubica hacia el año 341 a.C., y el cual nació, precisamente, en Samos y de ahí su nombre. A Epicuro se le conoce como el fundador en Atenas de la escuela que lleva su nombre, epicureísmo, y que él llamó “El Jardín”, permitiendo la entrada de mujeres y hasta esclavos, cosa muy rara en esa época y que denota una visión muy especial del filósofo.

Sellars llega a decir que hoy día se suele asociar la palabra “epicúreo” con el disfrute de la buena comida y el buen vino, la satisfacción ávida de los apetitos físicos y la auto gratificación excesiva. Pareciera que Epicuro propugnaba una vida centrada en el placer total y único. Sin embargo y, a contraposición de ello, Sellars señala: “A Epicuro le importaban más los placeres intelectuales que los materiales, y en algunos aspectos le importaba más evitar el dolor que perseguir directamente el placer”. Es más, dice el autor del libro referido:  “el concepto de la existencia humana ideal, para Epicuro, no se centraba en la satisfacción de los apetitos físicos, más bien, en alcanzar un estado libre de todo sufrimiento mental que él llamaba ataraxia, es decir, imperturbabilidad, serenidad”. Lo que más importa a la inmensa mayoría de las personas, según Sellars, son sus relaciones con los demás, ya sean los amigos, la familia o lo pareja. Epicuro vivió su filosofía con los demás, creando su comunidad del Jardín en Atenas con sus amigos como un experimento de vida en común.

Según Sellars, una de las características que definen a un verdadero amigo, para Epicuro, es que se puede contar con él en caso de necesidad. Y viceversa: si eres un amigo de verdad, los demás pueden confiar en ti. Los amigos se preocupan por los demás de un modo que no es el habitual entre los simples conocidos. Por más de sesenta años comparto una experiencia con esas características y, definitivamente, juega un papel de primer orden en nuestras propias vidas.

Sellars organiza el contenido de su libro en siete capítulos: La filosofía como terapia; el camino de la serenidad; ¿qué necesitas?; los placeres de la amistad; ¿por qué estudiar la naturaleza?; no temas a la muerte y explicarlo todo.

Epicuro defendía una vida sobria basada en los placeres sencillos, todo ello con el fin de alcanzar la serenidad de espíritu aquí y ahora. Escuchen qué interesante… “todo lo que necesitas, lo tienes ya, basta con que te des cuenta y cuando lo hagas, todas tus preocupaciones se desvanecerán”. Cuánta verdad se encierran en esas ideas… andamos en búsqueda de la felicidad como algo que está fuera de nosotros mismos y muy distante de nuestras vidas, pero ¡oh sorpresa!, cuando menos lo esperamos nos damos cuenta que ha estado ahí, generalmente, dentro de nosotros mismos.

Vivimos una época compleja, donde ya incluso no sabemos reconocer lo que es verdad de lo que no lo es… a eso le llaman la era de la post verdad. Imagínense ¿más allá de la verdad?, y que, como si fuera poco, según Byung-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio[2], para esa misma época nos hemos convertidos en “verdugos y víctimas de nosotros mismos” por la auto coerción y auto explotación experimentada y, en ese contexto, fuimos atrapados por el coronavirus y todas sus secuelas ya conocidas.

Epicuro nos dice, según Sellars, la clave está en que la mente llegue a estar tranquila y sosegada. ¿Y cómo se consigue eso?  Superando el doble escollo de los deseos frustrados y de la inquietud por el futuro. O aún más sencillo: a menudo son las otras personas, sobre todo los amigos, la familia o la pareja, el centro de nuestro ideal de una vida feliz. Pero generalmente está tan cerca que no alcanzamos a verla.

La felicidad no viene envuelta en papel de celofán, así jamás la encontrarás. No es algo que se encuentra porque se busca. Y mucho menos el resultado de la lotería, como tampoco del azar. La felicidad como el bienestar, los cuales generalmente vienen juntos, es la consecuencia de una vida con propósitos y con sentido, una vida que genera satisfacción por los logros alcanzados, de una vida que celebra con los demás las pequeñas cosas que ella te brinda.

Sellars nos invita a repensar nuestro lugar en el mundo y a valorar la importancia de la alegría, la naturaleza y el simple hecho de estar vivos.

Y, como si fuera poco y a propósito de la muerte, toma las palabras del filósofo y nos dice: “Si la muerte es la ausencia de sensación, entonces no contiene ni placer ni dolor, y por lo tanto no es ni buena ni mala. Si no es ni buena ni mala, sino la simple ausencia de toda sensación entonces no es nada que valga la pena temer”.

Pero no te digo más, anímate a leer esta obra, que sé, como me pasó a mí, la vas a disfrutar plenamente. Recuerda, Lecciones de Epicureísmo. El arte de la felicidad de John Sellars.

[1] Recuperado en La OMS subraya la urgencia de transformar la salud mental y los cuidados conexos (who.int)

[2] Byung-Chul Han (2017). La sociedad del cansancio. Herder Editorial, S.L., Barcelona