Paulo Freire ayuda a entender por qué las reglas de la escuela también pueden influir en quién obtiene mejores notas.
Desde pequeños aprendíamos que las calificaciones representaban cuánto sabíamos, cuánto estudiábamos o qué tanto nos esforzábamos. Si alguien obtenía una nota baja, solíamos pensar que no había estudiado lo suficiente o que no había comprendido el tema. Pero, hay algo importante que debemos considerar ¿todos los estudiantes tenían las mismas condiciones para demostrar lo que sabían?
El pedagogo brasileño Paulo Freire reflexionó sobre la relación entre la educación, las experiencias sociales de los estudiantes y las prácticas escolares. Su planteamiento permite examinar una cuestión que en ocasiones pasa inadvertida al hablar del rendimiento académico, pues la evaluación también depende de aquello que la escuela esperaba que sus estudiantes supieran expresar.
Freire recuerda como algunos estudiantes llegan al salón de clases con experiencias diferentes. Algunos tenían mayor familiaridad con los libros, el vocabulario académico o las formas de expresión que utilizaban sus profesores; otros habían aprendido a partir de experiencias familiares, comunitarias o laborales que no siempre recibían el mismo reconocimiento dentro de la escuela.
Esta diferencia podía influir en la evaluación, tan solo pensemos en dos estudiantes que comprendían un mismo tema, pero uno estaba más acostumbrado a utilizar los términos que aparecían en los libros de texto.
Si el examen privilegiaba esa forma de expresarse, sus respuestas podían recibir valoraciones distintas, aunque ambos hubieran comprendido aspectos importantes del contenido.
Esto no significaba que todas las calificaciones fueran injustas ni que los conocimientos adquiridos carecieran de importancia.
La cuestión consiste en reconocer que el desempeño escolar también puede estar relacionado con las experiencias previas, las oportunidades educativas y las formas de expresión que cada institución consideraba adecuadas.
En la vida cotidiana, esta perspectiva invitaba a revisar cómo interpretábamos las notas de nuestros hijos, las calificaciones que habíamos obtenido durante la escuela o las dificultades que enfrentaban otros estudiantes.
Antes de atribuir un resultado únicamente al esfuerzo o a la capacidad individual, también podíamos preguntarnos si las condiciones para aprender y demostrar lo aprendido eran las mismas.
¿Alguna vez supiste la respuesta de un examen, pero tuviste dificultades para expresarla como esperaba el profesor?
Cuéntanos tu experiencia en los comentarios y comparte esta publicación con alguien que quisiera conversar sobre la educación.
Pensar en cómo evaluábamos también implicaba preguntarnos qué conocimientos reconocíamos y cuáles dejábamos fuera.
Fuente: Notas Antropológicas/ Facebook
Freire, P. (2005). La educación en la ciudad. Siglo XXI Editores.


