Tertulias literarias. Sancho le advierte a don Quijote que aquello que ve no son gigantes, sino molinos de viento. Don Quijote desestima la evidencia y se lanza al combate. Cuando la realidad contradice su creencia, encuentra una explicación que le permite conservarla: el sabio Frestón habría transformado los gigantes en molinos para robarle la gloria.
Esta escena, además de hacernos reír, sigue siendo inquietantemente contemporánea. ¿Qué hacemos cuando los hechos contradicen lo que creemos? ¿Revisamos nuestra convicción o reorganizamos los hechos para protegerla? ¿Descalificamos a quien nos advierte de un error?
Durante años he descrito mi trabajo de gestora cultural con esta frase: propicio el pensamiento crítico mediante la lectura y el diálogo. Pero esa afirmación me ha llevado a una pregunta más difícil: ¿qué significa realmente pensar de manera crítica y qué pueden aportar la literatura y las tertulias literarias a ese ejercicio?
No creo que leer novelas nos convierta, por sí solo, en personas más lúcidas, tolerantes o razonables. La historia ofrece suficientes ejemplos de lectores cultos capaces de sostener prejuicios y dogmas como para descartar rápidamente esa idea. Me atrevo a proponer algo más modesto: ciertas prácticas de lectura pueden crear condiciones especialmente favorables para ejercitar el pensamiento crítico.
A finales de la década de 1980, el filósofo y educador Peter Facione dirigió un estudio conocido como Informe Delphi, en el que un panel interdisciplinario de 46 especialistas buscó establecer una definición consensuada del pensamiento crítico. Lo describieron como un juicio intencional y autorregulado que implica interpretar, analizar, evaluar, inferir y explicar, además de examinar los fundamentos sobre los que construimos nuestras conclusiones.
La definición traslada el énfasis desde “tener una opinión” hacia examinar cómo llegamos a ella.
Pensar críticamente no consiste en desconfiar de todo ni en adoptar una actitud de superioridad escéptica. Tampoco significa convertir cada conversación en un debate. Implica algo más difícil: pedir razones, examinar evidencias y estar dispuestos, cuando esas evidencias lo exijan, a modificar aquello que considerábamos una certeza.
Precisamente ahí resulta reveladora la escena de los molinos.
La investigación psicológica ha descrito una tendencia conocida como myside bias: la inclinación a evaluar la información desde nuestras creencias y posiciones previas. Lo inquietante es que una mayor capacidad intelectual o argumentativa no nos inmuniza necesariamente contra ese sesgo. Podemos poner nuestra inteligencia al servicio de aquello que ya hemos decidido creer y utilizar nuestra capacidad de razonamiento para blindar nuestras certezas frente a la evidencia.
Una persona hábil para argumentar puede seleccionar únicamente los datos que la favorecen, exigir pruebas mucho más rigurosas a la posición contraria que a la propia, caricaturizar un argumento ajeno hasta convertirlo en una versión fácil de refutar o encontrar siempre una explicación que neutralice el dato incómodo. En esos casos, la argumentación deja de ser una herramienta para examinar nuestras ideas y se convierte en un mecanismo para defenderlas.
Por eso el pensamiento crítico no depende solo de destrezas intelectuales. Exige también ciertas disposiciones: curiosidad, apertura, prudencia al juzgar y voluntad de reconsiderar nuestras propias certezas.
Y es aquí donde la literatura puede ofrecer un terreno especialmente fértil para practicarlo.
El texto está ahí, en nuestros anaqueles o en nuestras pantallas. Podemos regresar a él, comprobar qué dice realmente, distinguirlo de aquello que hemos añadido desde nuestra interpretación y preguntarnos qué elementos sostienen nuestra lectura. Una conversación literaria bien conducida vuelve visible esos procesos.
Cuando dos lectores discrepan, la discusión puede quedarse en un intercambio de preferencias —“yo lo veo así”, “a mí me parece lo contrario”— o puede avanzar hacia algo más exigente: ¿qué parte del texto sustenta tu interpretación?, ¿qué estás suponiendo?, ¿qué evidencia te haría cambiar de opinión?
La subjetividad interviene siempre en la lectura, pero eso no significa que cualquier interpretación sea igualmente válida. Louise Rosenblatt, una de las figuras centrales de la teoría de la lectura del siglo XX, sostuvo que el significado surge de la relación entre un lector y un texto determinados. Llegamos a los libros con experiencias, conocimientos y sensibilidades diferentes, pero nuestras interpretaciones siguen teniendo que responder al texto.
Y es precisamente en el espacio que se abre entre interpretaciones distintas donde puede surgir algo nuevo.
La uniformidad difícilmente genera preguntas nuevas. Pero tampoco las genera la confrontación permanente, cuando cada participante entra en la conversación únicamente para defender su territorio. La diferencia se vuelve fecunda cuando existe un interés genuino por comprender qué está viendo el otro que yo no veo.
El diálogo no exige renunciar a las propias convicciones. Exige aceptar que nuestra perspectiva puede ser incompleta y que otra mirada, incluso cuando no la compartamos, puede mostrarnos algo que habíamos dejado fuera.
Esto no conduce necesariamente al relativismo. Comprender una perspectiva no significa otorgarle automáticamente la razón. Podemos escuchar con atención los argumentos de otra persona, reconocer las experiencias que los vuelven inteligibles y, después, concluir que las razones ofrecidas son insuficientes. Escuchar mejor no nos obliga a renunciar al juicio; mejora las condiciones para ejercerlo.
Aquí aparece, sin embargo, un límite fundamental: la literatura no produce pensamiento crítico de manera automática.
Podemos leer únicamente para confirmar aquello que ya creemos. Un club de lectura puede premiar la conformidad, validar solo las intervenciones de quienes son reconocidos como autoridad o desalentar determinadas interpretaciones. Una tertulia puede castigar el desacuerdo. Una obra puede reproducir prejuicios y nosotros podemos aceptarlos y repetirlos sin someterlos a examen.
El potencial formativo de la lectura depende, por tanto, de las prácticas que la acompañan: preguntas exigentes, libertad real para disentir, obligación de fundamentar, atención al contexto y disposición a revisar conclusiones.
Depende también de algo menos evidente: crear comunidades en las que reconocer un error no sea motivo de descrédito, sino una señal de madurez intelectual.
Este punto me parece crucial. Si cambiar de opinión se interpreta siempre como debilidad o derrota, tendremos fuertes incentivos para defender nuestras posiciones incluso cuando las evidencias sean débiles. Pensar críticamente no consiste en aprender a derrotar mejor los argumentos ajenos, sino en desarrollar la capacidad —mucho más difícil— de someter también los nuestros a examen.
Esa disposición se vuelve especialmente necesaria en un entorno dominado por la velocidad, la fragmentación y la circulación digital de la información. En pocos minutos podemos pasar de una noticia a un mensaje, de una discusión pública a un video humorístico y de ahí a una publicidad. El problema no es la pantalla en sí misma ni una nostalgia simplista por el papel. El problema aparece cuando confundimos haber recibido un dato con haber comprendido lo ocurrido.
Un fragmento separado de la conversación en la que fue pronunciado, un titular sin contexto o un video que comienza a mitad de una escena pueden producir la impresión de que ya sabemos lo suficiente para juzgar.
La lectura literaria ejercita un hábito que puede resultar valioso también fuera de los libros: sabemos que una escena pertenece a una secuencia y que su sentido depende, en buena medida, de lo que ocurrió antes y después. Ante la realidad podríamos hacernos la misma pregunta: ¿qué información me falta antes de llegar a una conclusión?
De ahí la importancia de la pausa.
Tomarnos tiempo para pensar no es necesariamente indecisión; puede ser una forma de rigor. Hay situaciones en las que necesitamos reconstruir el contexto, consultar mejores fuentes o admitir, sencillamente, que todavía no sabemos lo suficiente. La velocidad con la que circula la información nos empuja a pronunciarnos antes de comprender. Resistir esa presión puede ser una forma de responsabilidad intelectual.
Si esta disciplina ya era necesaria frente a la sobreabundancia y fragmentación de la información, la inteligencia artificial la vuelve todavía más importante.
Estas herramientas pueden ayudarnos a organizar información, comparar perspectivas, formular preguntas o explorar un tema. También pueden producir errores, referencias inexistentes o conclusiones injustificadas mediante una prosa perfectamente convincente. La facilidad con la que recibimos una respuesta puede hacernos olvidar que una respuesta bien formulada no es necesariamente una respuesta verdadera.
Por eso, cuanto más fácil resulta obtener información, más necesario se vuelve examinarla.
La autonomía intelectual tampoco consiste en pensar en soledad. Pensamos con otros y a través de libros, instituciones, tradiciones, conversaciones y tecnologías. Pensar críticamente significa asumir responsabilidad por las ideas que decidimos hacer nuestras: preguntarnos por qué las sostenemos, qué evidencias las respaldan, qué podría ponerlas en cuestión y, quizá lo más difícil, estar dispuestos a cambiar de opinión o admitir que estábamos equivocados cuando las razones así lo indiquen.
Quizás ahí radique una de las tareas más urgentes de la educación y de los espacios culturales: no solo transmitir información, sino crear lugares donde sea posible demorarse, preguntar, disentir y corregirse sin que el desacuerdo se convierta automáticamente en enemistad ni el reconocimiento del error en debilidad.
¿Cómo saber si ese aprendizaje está ocurriendo? Generalmente se manifiesta en cambios modestos: una pregunta que antes no estaba, una interpretación que se vuelve más precisa, alguien que distingue mejor entre una afirmación y las evidencias que la sostienen, una persona que reconoce una omisión o reconsidera un juicio después de escuchar una razón mejor.
Quizá el pensamiento crítico empiece exactamente ahí: cuando dejamos de entender nuestras opiniones como territorios que debemos defender a toda costa y comenzamos a tratarlas como conclusiones que deben poder someterse a examen.
La literatura no nos garantiza esa disposición. Pero puede ofrecernos un espacio privilegiado para practicarla: un lugar donde volver sobre lo leído, escuchar otras perspectivas, pedir razones y reconocer que comprender mejor el mundo exige, a veces, estar dispuestos a corregir nuestra primera lectura de él.
Referencias
Cervantes Saavedra, Miguel de. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Primera parte, capítulo VIII.
Facione, Peter A. (1990). Critical Thinking: A Statement of Expert Consensus for Purposes of Educational Assessment and Instruction. American Philosophical Association.
Rosenblatt, Louise M. (1978). The Reader, the Text, the Poem: The Transactional Theory of the Literary Work. Southern Illinois University Press.
Stanovich, Keith E. y West, Richard F. (2007). “Natural myside bias is independent of cognitive ability”. Thinking & Reasoning, 13(3), 225–247.
UNESCO (2023). Guidance for Generative AI in Education and Research. UNESCO.


