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PISA 2025 deja una pregunta que también debemos responder en casa

Familia. Los nuevos resultados vuelven a poner la educación bajo la lupa. Pero entre tantas cifras hay una señal que merece especial atención: cada vez menos estudiantes dicen recibir algunas formas básicas de acompañamiento familiar.

Por Juan Carlos Cruz Peña (maestro)

El informe de los resultados de las pruebas PISA 2025 acaba de poner nuevamente a la educación mundial bajo la lupa. La evaluación reunió a estudiantes de 91 países y economías y sus resultados permiten mirar mucho más que una clasificación. Matemática, Lectura y Ciencias nos dicen cuánto están aprendiendo los estudiantes, pero el informe también permite asomarnos a las condiciones en las que ese aprendizaje ocurre.

Por su parte, para República Dominicana, los resultados vuelven a plantear desafíos. Puesto que, el país continúa por debajo del promedio de la OCDE en las tres áreas evaluadas. Pero entre tantos porcentajes y comparaciones hay un dato que me parece especialmente inquietante.

Resulta interesante destacar que, en 2025, el 49 % de los estudiantes dominicanos declaró que sus padres o tutores les preguntaban, al menos una vez por semana, qué habían hecho en la escuela. Mientras que en 2022 era el 65 %. También disminuyó el porcentaje de quienes dijeron conversar semanalmente en casa sobre los problemas que pudieran estar enfrentando en el centro educativo: pasó del 56 % al 37 %. La OCDE señala que esta caída del apoyo familiar reportado se produjo en casi todos los países y economías participantes, de modo que no es un fenómeno exclusivamente dominicano.

El informe lo dice claramente:

“Los informes de los estudiantes sobre el apoyo familiar disminuyeron sustancialmente en casi todos los países y economías participantes en PISA entre 2022 y 2025. Esto también ocurrió en la República Dominicana.”

Quizás esa frase debería preocuparnos tanto como el lugar que ocupamos en un ranking.

Es una realidad que cada vez que conocemos resultados como estos, la conversación sigue un camino bastante previsible. Miramos hacia la escuela. En muchas ocasiones preguntamos qué está haciendo el maestro, qué ocurre con el currículo, qué debe cambiar el Ministerio de Educación, cuánto se está invirtiendo o por qué nuestros estudiantes todavía no alcanzan los aprendizajes esperados.

Son cuestionantes necesarias. Hay que hacerlas.

Pero hay otra que hacemos mucho menos:

¿Qué está ocurriendo en casa?

En este sentido, no propongo la pregunta para culpabilizar a las familias de los resultados de PISA. Hacerlo sería irresponsable y, además, injusto. El aprendizaje está atravesado por múltiples factores: sociales, económicos, institucionales y pedagógicos.

Lo que sí deberíamos reconocer es algo que a veces olvidamos en el debate educativo: un niño no empieza a aprender cuando entra a la escuela ni deja de hacerlo cuando sale de ella.

Es conveniente recordar que, cada mañana, el maestro recibe estudiantes con historias, contextos y posibilidades diversas. Algunos tienen una rutina para estudiar; otros todavía necesitan construirla. Algunos saben que al regresar a casa alguien preguntará cómo les fue. Otros, por su parte, pueden pasar días sin que esa conversación ocurra. Y aquí hay algo de PISA que me resulta particularmente revelador.

No estamos hablando de padres que deban saber resolver las mismas ecuaciones que sus hijos, explicarles Ciencias o conocer el currículo escolar. Estamos hablando de preguntar qué hicieron en la escuela. De conversar sobre aquello que les preocupa.

De interesarse

Parece poco. Pero, en realidad, impacta en mucho.

En ese mismo orden, en nuestro país encontramos otra señal. El Instituto Dominicano de Evaluación e Investigación de la Calidad Educativa (IDEICE) informó en diciembre de 2025 que, entre las familias estudiadas, la participación alcanzaba el 67 % en la entrega de calificaciones y el 61 % en reuniones con docentes. Sin embargo, descendía al 56 % en charlas formativas y al 24 % en actividades orientadoras. El organismo identificó además dificultades laborales, de tiempo y tecnológicas que limitan una participación mayor.

Por lo expuesto anteriormente, estos datos me llevan a una distinción que considero necesaria: podemos estar presentes cuando nos entregan las notas y, aun así, haber estado lejos del proceso que produjo esas notas.

Ahora bien, sería demasiado fácil convertir esto en un señalamiento contra padres y madres. La vida real es bastante más complicada.

En tal sentido, es innegable que hay familias que salen temprano a trabajar y regresan agotadas. Hay hogares sostenidos por un solo adulto. Hay abuelos y otros familiares que han tenido que asumir responsabilidades de crianza, Por otro lado, hay padres que quieren ayudar a sus hijos y se sienten limitados porque no comprenden los contenidos que hoy se trabajan en las aulas.

Pero acompañar no significa saberlo todo

Un padre puede no saber resolver un problema de Matemática y aun así preguntar cuándo es el examen. Puede no entender sobre las células y revisar si su hijo realizó la actividad; puede no dominar una estrategia de comprensión lectora y sentarse unos minutos a escuchar qué entendió el niño de lo que leyó durante una clase.

A veces acompañar empieza por algo mucho más sencillo: estar atento.

Sin embargo, esa atención tiene hoy muchos competidores. Entre ellos están las pantallas. No porque un teléfono o una tableta sean enemigos de la educación. Todo lo contrario: pueden servir para investigar, leer, aprender y comunicarnos. El problema comienza cuando ocupan el tiempo que antes —o que todavía— necesitamos para mirarnos, hablar y escuchar.

No podemos decir que los celulares expliquen la disminución del acompañamiento familiar que registra PISA. Los datos no permiten establecer esa relación. Sería irresponsable afirmarlo.

Pero sí podemos hacernos una pregunta mucho más cercana: si cada vez conversamos menos sobre lo que ocurre en la escuela, ¿en qué estamos poniendo nuestro tiempo y nuestra atención?

No se trata de contar cuántas pantallas hay en una casa. Se trata de preguntarnos qué lugar ocupan.

Una pantalla puede enseñar muchas cosas. Lo que no puede hacer es interesarse por cómo le fue a nuestro hijo ese día. Y tampoco podemos esperar que el maestro llene por completo ese espacio.

Ciertamente, la escuela tiene una responsabilidad enorme: enseñar, orientar, evaluar y contribuir a la formación de sus estudiantes. La familia aporta algo diferente y difícil de sustituir: continuidad. Lo que se aprende sobre responsabilidad, esfuerzo, respeto o hábitos necesita encontrar algún eco cuando termina la jornada escolar.

Un maestro puede advertir que algo no marcha bien. Alguien tiene que escuchar esa advertencia. Puede fomentar un hábito. En casa habrá que ayudar a sostenerlo. No se trata de decidir quién tiene más responsabilidad. Se trata de que familia y escuela no se den la espalda mientras el estudiante queda en medio.

Es importante aclarar que, tampoco creo que involucrarse consista únicamente en asistir a una reunión o aparecer cuando llegan las calificaciones. Muchas veces ocurre en cosas que nadie registra en un formulario: revisar de vez en cuando un cuaderno, preguntar por una evaluación, saber quiénes son sus maestros, establecer una hora para estudiar, observar un cambio de conducta o escuchar cuando algo preocupa.

De igual forma, considero que, la escuela también tiene que hacer su parte. Si el trabajo y la falta de tiempo dificultan la participación de muchas familias, los centros necesitan buscar formas más realistas de comunicarse y acercarlas. No todas pueden presentarse a la misma hora ni participar de la misma manera. Eso también es corresponsabilidad.

Claro que importan los resultados de Matemática, Lectura y Ciencias. Importan la calidad de los maestros, las condiciones de las escuelas, los recursos y las políticas educativas. Todo eso debe seguir siendo objeto de exigencia y discusión pública.

Pero detrás de cada porcentaje hay un estudiante que, después de pasar buena parte del día en un aula, vuelve a su casa.

Ahí la estadística deja de ser estadística. Es nuestro hijo entrando por la puerta.

Y entonces las preguntas cambian.

¿Sabemos qué está aprendiendo? ¿Conocemos aquello que le cuesta? ¿Nos damos cuenta cuando algo no anda bien? ¿Le preguntamos cómo le fue?

Y, sobre todo:

¿tenemos tiempo para escuchar la respuesta?

No creo que PISA nos esté diciendo que la familia sea responsable única del éxito o del fracaso escolar. Tampoco que la escuela pueda explicar por sí sola todo lo que ocurre con el aprendizaje.

De igual forma, Nos recuerda algo más sencillo y, quizá por eso, más fácil de olvidar: educar siempre ha sido una tarea compartida. Podemos discutir durante meses nuevas políticas, programas, currículos y estrategias. Debemos hacerlo. Pero algunas decisiones educativas empiezan mucho antes de cualquier reforma.

Empiezan cuando un adulto deja por un momento lo que está haciendo, mira a un niño y se interesa de verdad por lo que ocurre en su vida escolar. Puesto que, más allá de las puntuaciones, los rankings y las comparaciones entre países, queda una conclusión que merece llegar desde los informes internacionales hasta nuestros hogares:

Los estudiantes tienen más posibilidades de tener éxito cuando valoran su escuela y las familias se involucran en el proceso educativo.

Y como siempre les dice una muy querida directora a las familias: “Recuerden que sus hijos son su mayor inversión”

Referencias

Instituto Dominicano de Evaluación e Investigación de la Calidad Educativa. (2025, 9 de diciembre). La familia es soporte clave de los aprendizajes: IDEICE evidencia impacto de la familia en la educación. Consultar fuente oficial del IDEICE

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). PISA 2025 results (Volume I): Future-ready students. OECD Publishing. Consultar PISA 2025 Results — OECD

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). PISA 2025 results: Dominican Republic. OECD. Consultar la ficha oficial de República Dominicana

Elizahenna Del Jesús
Elizahenna Del Jesús
Coordinadora Editorial en Plan LEA, Listín Diario, graduada Magna Cum Laude de la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD)

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