Aburrirse. Las vacaciones estivales llegaron y, con ellas, cambia el ritmo, el horario y la dinámica del día a día. Pero, ¿qué puede aportar este tiempo de ocio tan largo a los niños? Más horas libres, de entrada, algo a lo que las familias no están acostumbradas debido a la actividad frenética del resto del año. Se suele tender a llenar ese espacio, como si se tuviera miedo de que los niños se aburran o pierdan el tiempo. Pero, lejos de ello, cuando el reloj parece detenerse, es el momento de dar rienda suelta a la creatividad, que cuenta con poco espacio durante el curso escolar. “Si el aburrimiento aparece en la vida de un niño, actúa como un motor. Ante la falta de estímulos externos, el cerebro tiende, de forma espontánea, a llenar ese espacio, lo que se convierte en la chispa que enciende la creatividad”, explica María José Lladó, psicopedagoga.
Esta época es idónea para que los menores entren en una zona creativa y la disfruten, porque el resto del año hay pocos huecos libres para detenerse y dejar que surja el fértil aburrimiento. “El verano es un momento excelente para poner en práctica el aburrimiento creativo. Los adultos pueden sugerir al niño elegir en qué quiere emplear su tiempo hasta que se dé cuenta de lo que puede hacer con él”, afirma Lladó. “Pero conviene evitar ser reactivo y proponer un montón de cosas que no ayudan a descubrir la propia creatividad, aunque es posible que, al principio, haya algo de resistencia y se demande a los adultos que propongan qué hacer”, aclara la experta. “Hay que buscar el equilibrio para ayudar al niño a elegir, proponerle y orientarle un poco, hasta que haya tomado un camino o una decisión propia”, agrega.
Pero, ¿cómo se puede encender la chispa creativa infantil? “Lo primero es conocer los rasgos de personalidad del niño y cuáles son sus habilidades para incentivarlas. Por ejemplo, un niño cinestésico necesita movimiento, por lo que se orientará hacia actividades como la danza o la música, y uno más tranquilo optará por la pintura o la fotografía”, añade la experta.
El verano es un escenario perfecto no solo para crear, sino también para que los menores aprendan a gestionar sus momentos libres sin una agenda impuesta por los adultos. “Es un tiempo de reseteo que rompe con la exigencia de objetivos a cumplir del sistema escolar. Es una época de baja demanda con la que se trataría de crear una estructura, pero más flexible, porque no consiste en entrar en el caos absoluto, que genera ansiedad y desorden”, apunta Diana González, psicóloga familiar y creadora del método CASA (para el acompañamiento psicológico en la diversidad familiar). “Hay que saber cuándo se va a comer o a ir a la playa, la hora de la siesta o de leer un rato. La idea es crear una rutina, pero con grandes bloques de tiempo libre”, añade.
En cuanto a las pantallas, son un freno para la creatividad durante las vacaciones de verano y conviene usarlas con moderación. “Hay que pactar un tiempo de desconexión digital, pero no solo para los niños, sino también para toda la familia. Se trata de crear espacios donde no haya actividades dirigidas ni tecnología”, considera también González. Según la experta, el aburrimiento es un aliado que hay que aprovechar durante las vacaciones más largas del año: “Es una gran oportunidad terapéutica y no un enemigo a batir, ya que es el espacio donde el niño se encuentra consigo mismo y le aporta salud mental, autonomía y resiliencia para el futuro”, advierte.
El aburrimiento puede convertirse en el punto de partida de la creatividad cuando los niños disponen de tiempo libre.© Iuliia Bondar (Getty Images)
La edad es una referencia para que los padres sepan cómo orientar a sus hijos. “Hasta los seis años, lo más importante es jugar con materiales de la naturaleza, como el barro, el agua o la arena. Por ejemplo, se puede proponer hacer pociones mágicas, pero también jugar con plantas. Todo ello con el fin de conectar con lo sensorial desde el juego simbólico”, continúa González. “Desde los seis a los 12 años, se les puede sugerir crear un cómic, construir una cabaña con mantas y sillas, escribir una obra de teatro y representarla o jugar al cine”, añade la psicóloga.
A partir de los 12 años hay que tener en cuenta que surge la necesidad de interacción con el grupo, por lo que hay que integrarlo en la dinámica del ocio veraniego del niño. “Se puede plantear la escritura de un diario, que es útil si se está lejos de los amigos para hacer una recopilación de recuerdos de cara al regreso de las vacaciones. También se pueden hacer fotos para crear un registro del verano, sin que sea para las redes sociales”, continúa González. La creatividad puede venir de las acciones cotidianas, como las derivadas de las tareas domésticas. “Algunas opciones pueden ser cocinar en grupo o participar en algún proyecto que haya en casa, como pintar una pared o reparar y restaurar algún objeto”, propone la especialista.
Lladó, por su parte, recuerda que las actividades deben adaptarse al momento evolutivo del niño. “En edades más tempranas, hasta los dos años, el cerebro, en su evolución, experimenta una búsqueda de lo sensorial, por lo que se le puede proponer jugar con una caja llena de objetos con diferentes texturas para que los pueda tocar y hacer figuras con ellos”, explica Lladó.
Probablemente, el niño pase por momentos de frustración a la hora de gestionar su tiempo libre, pero también le servirá de aprendizaje. Y añade Lladó: “Aceptará los tiempos diferentes de los que se compone la vida, con más o menos acción y supervisión adulta, además de procesar que puede que no le salga bien su proyecto creativo, pero que el fracaso forma parte del camino”.
Fuente: https://www.msn.com/


