Las creaciones artísticas de los niños pueden ser un reflejo del mundo interior infantil, siempre que se complementen con información aportada por la familia y el colegio, como se refleja en la película ‘Un hijo’.
Dibujos. En la película ‘Un hijo’, recientemente estrenada, se puede ver a Guille, el niño protagonista, obsesionado con Mary Poppins. Es el eje desde donde este menor organiza su mundo emocional frente a un dolor que no puede expresar de otra manera. Pero, ¿pueden los dibujos infantiles ser el espejo del alma? La respuesta es sí, aunque con matices. Esas pequeñas obras de arte, a veces, apunta la psiquiatra infantil, Abigail Huertas, «nos ofrecen información clínica porque son una forma de comunicación, igual que el juego. Pero tienen que estar siempre integrados en una evaluación clínica compleja y en el contexto, siempre, de una mirada profesional. No son una prueba forense ni diagnóstica, pero sí una herramienta más para explorar».
Los dibujos son la forma, prosigue Huertas, también autora del libro ‘Sólo necesito que me aceptes’ (RBA Libros), «de poder llegar a lo que es la mente o el mundo interior de los niños y suele ser utilizada cuando los niños no hablan bien o tienden a ser mutismo, de ver lo que les puede estar pasando e intentar entenderlo». En ocasiones, en un pedazo de papel, explica Irene López, psicóloga y responsable terapéutica de los centros anda Conmigo, «los menores expresan sufrimiento, miedo o conflicto sin ser plenamente conscientes de que lo están haciendo, lo que convierte el dibujo en una ventana privilegiada hacia su mundo interior».
En relación con la película ‘Un hijo’, López considera que el personaje de Guille refleja con verosimilitud clínica cómo un niño comunica su realidad emocional de forma continua a través de sus dibujos y obsesiones simbólicas. La película muestra precisamente cómo muchas veces los niños están comunicando su malestar, pero los adultos no cuentan con las herramientas emocionales necesarias para escucharlo. El problema, apunta, «no está en el niño, sino en los adultos que no logran descifrar ese lenguaje emocional».
Muchos menores, apunta la responsable clínica de estos centros, «recurren a personajes o historias ficticias porque la ficción les proporciona una distancia emocional segura desde la que pueden acercarse a experiencias demasiado intensas para verbalizarlas directamente». En ese sentido, la obsesión de Guille con Mary Poppins, puntualiza, «no sería una rareza ni una fantasía vacía, sino una forma de comunicación codificada. El niño proyecta en ese personaje aquello que necesita con urgencia: protección, reparación y una figura capaz de restaurar algo que percibe roto en su mundo».
«Elementos como la presión del trazo, la distribución de figuras, el tamaño de los personajes… nos aportan información muy relevante»
Irene López
¿Cuándo deja de ser una obra artística un dibujo infantil y pasa a ser algo a lo que hay que prestar atención? Desde esa perspectiva clínica, explica Irene López, «elementos como la presión del trazo, la distribución de las figuras, el tamaño relativo de los personajes o incluso las ausencias dentro de la escena aportan información relevante sobre cómo el niño percibe sus vínculos afectivos y su entorno». «Por ejemplo, si el trazo es muy fuerte, hacen presión con el lápiz, el trazo es muy grueso y penetra en el papel -detalla la psiquiatra Abigail Huertas-, puede indicar que están más angustiados o estresados. O sin son perfeccionistas, si borran mucho, dibujan muy suave o flojo, pueden ser más inseguros. Si son lentos, impulsivos o tienden a repasar… Todo eso, a veces, nos da idea también de la personalidad del niño».
Una vía de sospecha
Eso sí, López quiere aclarar que «los colores o determinadas temáticas repetitivas —como la pérdida, el daño o la violencia— sólo adquieren significado cuando se analizan dentro de una evaluación global del menor, nunca de forma aislada». Así, corrobora Huertas, «puede haber un niño que dibuje escenas violentas, figuras amenazantes o bordes en punta, como pinchos o las hojas de los árboles en pico, que de la sensación que esté viviendo una situación de peligro. O que dibujen colinas con una forma que sugiere algo erótico y que puede encender una alerta para explorar, pero esto no quiere decir que sea diagnóstico de nada. Simplemente nos ayuda a abrir una vía de sospecha para explorar alguna cosa en la que, a lo mejor, es interesante profundizar».
«Si los niños dibujan las figuras flotando y no dibujan un suelo, eso puede significar que necesitan soporte o sostén»
Abigail Huertas
A veces, prosigue esta psiquiatra infantil, «dibujan imágenes con transparencias o personajes con la mirada perdida, y eso puede hacernos pensar que hay una sensación de fragmentación de la identidad o algo que sugiera trauma. Pero otras veces, puede ocurrir que simplemente estén copiando imágenes de un videojuego o de YouTube y lo hacen de una manera muy fidedigna. Por eso en consulta siempre tengo cuidado de ver si tengo en la pared alguna imagen o algún dibujo. Porque muchas veces los niños, cuando les pones a dibujar, copian lo que tienen alrededor y entonces no obtienes ninguna información».

El test de la casa, el árbol y la prueba de la familia
Si hay un test que destaca por encima de otros es el HTP (House-Tree-Person), donde se pide a los niños que dibujen una casa, un árbol y una persona. En estas representaciones, explica la psicóloga Laura Cerdán, «el profesional puede observar y analizar múltiples elementos: el tamaño y forma de las figuras, el orden en que son dibujadas, la ubicación dentro del papel, los colores utilizados o, incluso, la ausencia de color. También se analizan detalles concretos, como la omisión de partes del cuerpo, ojos, boca, nariz, manos- o elementos relacionados con la casa y su entorno, como puertas, ventanas, o elementos exteriores. Todo ello proporciona información relevante sobre el estado emocional y la percepción interna del menor». La psiquiatra Abigail Huertas utiliza el llamado test HTP en contadas ocasiones. «Se puede pedir al niño que haga estos tres dibujos en un orden concreto, pero también se puede dar como consigna que haga un ‘dibujo normal’ o que dibuje ‘lo que hiciste ayer’, y ver cómo el niño lo van representando. Podemos ver dónde está la línea base. Si los niños dibujan las figuras flotando y no dibujan un suelo, eso puede significar que necesitan soporte o sostén. Si dibujan muy abajo en el folio, en la línea del papel, también lo interpretamos como que están muy inseguros o que se quieren anclar al presente. En la casa, por ejemplo, a veces el humo de la chimenea puede significar problemas. Las ventanas cerradas o con candados pueden hacernos sospechar que está ocultando alguna situación de conflicto en casa», expone. Lo más importante, recalca, «es no atribuir nada directamente. No decirles: ‘esto es un sol’ sino preguntarles: ‘¿esto qué es?’».
Para Cerdán, junto al HTP, destaca el dibujo de la familia, «ya que en él suelen aparecer dinámicas o emociones que no siempre son verbalizadas por las familias durante las entrevistas. Por ejemplo, conflictos entre los progenitores, sentimientos de exclusión o vínculos afectivos significativos. Porque, a menudo -constata-, los niños perciben tensiones familiares aunque los adultos consideren que no han sido testigos directos de ellas». Es verdad, añade, «que muchos dibujos entran dentro de la ‘normalidad’: que el padre sea más autoritario, que haya celos entre hermanos… Pero en ocasiones, te llama la atención que el niño dibuje a un familiar muerto cuando en realidad está vivo, o un hermano que no existe. Al final, te da mucha información sobre cómo se gestionan los conflictos dentro del hogar». En ambos, lo más importante es formarse para utilizarlos. «No son pruebas psicométricas -insiste la psiquiatra experta en infancia y la adolescencia- Nos dan utilidad si los profesionales tenemos formación sólida en test proyectivos, si somos profesionales solventes y hacemos un uso contextualizado dentro de toda la historia clínica. Son una herramienta más ».
De hecho, prosigue Huertas, «cuando pido que me dibujen una familia, no les digo que dibujen a la suya propia, sino ‘una familia’. A veces, también les pido que me cuenten una historia sobre el dibujo libre que han hecho o les pregunto: ‘si este dibujo pudiera hablar, ¿qué nos diría?. Son preguntas que hacemos los profesionales».

Sobre cómo abordar estas expresiones infantiles desde casa, la terapeuta de Anda Conmigo recomienda que los adultos se acerquen a los dibujos y relatos simbólicos desde la curiosidad y no desde la ansiedad. «Pueden realizar preguntas abiertas como ‘¿qué está pasando aquí?’ o ‘¿quién es este personaje?’, que pueden facilitar la comunicación sin imponer interpretaciones. Lo que sí resulta contraproducente es proyectar lecturas adultas sobre el niño o interrogarlo desde la preocupación, ya que eso puede bloquear el canal de expresión».
Cambios en la conducta
Lo que es importante es que junto a los dibujos que representan figuras aisladas o escenas reiteradas de daño, añade López, «las familias presten atención no tanto a conductas aisladas, sino a los cambios respecto al comportamiento habitual del menor». Entre las señales que merecen observación, menciona «los cambios bruscos de conducta, las alteraciones del sueño o la alimentación, las regresiones evolutivas y las somatizaciones frecuentes, como dolores de cabeza o abdominales sin causa médica aparente».
Y recuerda: «Hasta los niños aparentemente ‘perfectos’, tranquilos y excesivamente adaptados pueden ocultar formas de sufrimiento internalizado que pasan desapercibidas con facilidad».
Lo importante, finaliza esta psicóloga, «no es interpretar precipitadamente, sino observar y comprender la función emocional que cumplen esas obsesiones o dibujos y siempre consultar con profesionales cuando existan dudas». Los dibujos, admite la psicóloga Laura Cerdán, «pueden ser una herramienta valiosa, respetuosa y nada invasiva, y de hecho los utilizo a menudo, pero deben complementarse con entrevistas clínicas, observación directa, información aportada por la familia y, en algunos casos, datos procedentes del ámbito escolar. La evaluación, recalca esta experta, «se construye siempre como un puzle compuesto por diferentes piezas».
Fuente: https://www.abc.es/


