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De secundaria a la universidad

Por Ángela Milqueya Cuevas

Las diferentes generaciones que año tras año se enfrentan al cambio drástico de terminar el nivel secundario y pasar a la etapa universitaria experimentan un sinnúmero de sentimientos encontrados. Estos sentimientos, que a menudo incluyen temor, preocupación, confusión, desasosiego y excitación, surgen debido a la transición de ser adolescentes guiados por sus familias, maestros y entorno, a convertirse en jóvenes adultos que deben valerse por sí mismos en sistemas totalmente nuevos, porque:

  • “Deben ser independientes”
  • “Ser responsables”
  • “Capaces de gestionar inteligentemente sus emociones”
  • “Administrar de forma eficiente sus finanzas o gastos, etc.”

En fin, se les presuponen elementos de adultos funcionales cuando sabemos que la realidad dista mucho de esas utopías.

Todo lo antes expuesto nos motiva a reflexionar y a evaluarnos como sociedad y familia, preguntándonos por ejemplo:

  1. ¿En qué nivel de conocimientos y orientación se encuentran los padres para ayudar a los hijos a prepararse para esos cambios?
  2. ¿Prevé el sistema educativo preuniversitario un acompañamiento integral y las estrategias para lograr una buena preparación y así ayudar a los estudiantes de término de secundaria a insertarse en el proceso de cambio al mundo de la educación superior?
  3. ⁠¿Cuentan las universidades con el personal necesario para acompañar, orientar y ayudar a aquellos estudiantes que recién se integran a cursar alguna carrera?

Los anteriores cuestionamientos nos deben identificar los pasos a seguir para asegurarnos de que, a tiempo, nuestros estudiantes reciban las herramientas necesarias a nivel emocional, cognitivo, tecnológico y espiritual que les ayuden a insertarse apropiadamente en el mundo del conocimiento superior y no tener que vivir experiencias negativas tales como:

  1. Abandonar sus estudios luego de poco tiempo al no saber enfrentar los retos que se les presentan.
  2. Cambiar de carrera varias veces al no tener realmente el conocimiento de lo que implica la misma.
  3. Dejarse llevar por ambientes pocos sanos que rodean a los jóvenes, en especial en los primeros ciclos.
  4. Confrontar gestores que dan clases, pero que les falta la pedagogía de la enseñanza y no tienen empatía con los educandos en formación.

Muchas son las aristas que tiene este camino de transición y entre todos debemos tender puentes, aportar soluciones prácticas, ser oídos que escuchen, corazones abiertos y guías para nuestros adolescentes. En pleno siglo XXI, son bombardeados a través de los medios digitales y los avances tecnológicos de la inteligencia artificial con estándares muchas veces fuera de sus realidades, pero haciendo hincapié para que ellos entiendan que no todas las respuestas vienen dadas por los famosos (bots=robot=aplicación de software automatizada), y que la preparación integral es lo que les ayudará a convertirse en los futuros profesionales o técnicos que conformarán las sociedades del mundo.

Es el tiempo en el que miles de jóvenes irán, luego de las pruebas nacionales, a las diferentes universidades o instituciones educativas técnicas a iniciar la lucha por sus sueños. Roguemos al Todopoderoso para que en los caminos que ellos transiten encuentren faros de luz y que los obstáculos que enfrentarán los encuentren revestidos de fuerza y fe para que arriben a puerto seguro.

¡Bendice, Señor, a nuestros estudiantes!

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