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Cultura emocional para convivir: la educación de las emociones y los sentimientos  

Dra. Elupina Tirado

Santo Domingo

El enfoque de integralidad promovido por la UNESCO plantea que como grandes pilares la educación, además de proporcionar habilidades para conocer y hacer, debe proveer recursos y destrezas para aprender a ser y aprender a convivir. Partiendo de esta acertadísima directriz, y desde una perspectiva transversal, coincido plenamente con Begoña Ibarrola en su libro Aprendizaje Emocionante“… la escuela es un entorno emocional donde pueden convivir y llevarse bien el placer y el esfuerzo, donde las personas se relacionan para crecer juntas, desarrollando sus talentos e inteligencias… y donde todos, aprendices y maestros, pueden aprender a ser felices.” 

Si incorporamos estos pilares en el proceso de habilitar a los docentes como tales, el sistema debería proporcionarles en todas las etapas de su vida académica instrumentos del saber como medio y fin de su rol, mejorando continuamente su hacer y esencia como ente individual con valores, principios y juicios propios.  

Partiendo de la nueva visión de la educación y Aprendizaje a lo Largo de Toda la Vida (ALTV) (Declaración de Incheon 2015) que induce la concepción humanista de la educación,  reivindicando valores y derechos humanos y sociales como la dignidad, la inclusión, la justicia y la protección social; es imperante que los docentes encarnen individualmente  este entramado de principios y valores, asegurando antes que cualquier conocimiento o destreza  técnica, la competencia de ser persona en adecuado equilibrio cuerpo y mente, inteligencia, espiritualidad y sentimientos.  

Esto implica la necesidad de entender que el propio sistema educativo debe incorporar como prioridad la educación de las emociones y los sentimientos de todos los actores del proceso, hacia el desarrollo de personas y relaciones saludables. ¡Sin dudas un gran reto! cuyos resultados, si se asume con todo rigor y seriedad, podrían impactar por efecto derrame no sólo a la colectividad escolar, sino también a las familias representadas en las aulas e incluso a las comunidades a las que pertenecen.  

Los maestros deben ser capaces de hacer un mejor  aporte al aprendizaje para una convivencia sana, aquella en la  que se aborda  la resolución pacífica de conflictos, dentro y fuera del aula, poniendo al servicio del proceso enseñanza aprendizaje, no sólo la inteligencia cognitiva, sino aquella que parte de las vivencias emocionales, para que puedan manejar una adecuada afectividad en la interacción con alumnos, padres y pares, desde la  autorregulación, la comunicación y el liderazgo afectivo, incrementando competencias como guiar y auto guiarse, permitiendo el control de reacciones del comportamiento que conducen a la agresividad, la violencia,  los miedos  y las inseguridades. 

La realidad nacional de violencia que se verifica a diario en todas las esferas sociales y en diversos ámbitos de la vida, demanda de la creación de una cultura emocional para convivir. Un nuevo código de convivencia en el que los salones de clase se nutran de amor, respeto, ternura, entusiasmo, compromiso, solidaridad y empatía. El entorno escolar necesita guías afectivos que contribuyan de manera más eficaz a aumentar las acciones y actitudes que le dan calidad al comportamiento y facilitan la posibilidad de discernir entre oportunidades y riesgos.  

Como parte de las habilidades para aprender a ser y aprender a convivir, se tiene que desaprender la muy arraigada costumbre de ver primero el lado no funcional de las personas, haciendo críticas que sólo generan emociones negativas. En cambio, de debe apreciar el lado positivo  para reconocerlo y motivarlo, con lo cual se estimula la confianza y la afectividad. Estos abordajes aportan una mayor apertura a la integración de los referentes adecuados para modular y equilibrar las emociones.  

El aprendizaje para guiar las emociones debe incluir también la escucha activa, en calma, sin resistencia, así como el uso de un tono de voz, gestos y movimientos que conecten con lo mejor del interlocutor, a través de los cincos sentidos: visual, oral, auditivo, nasal y kinestésico, y la autoconciencia que permita regular estos elementos en la dinámica de interacción educativa debe ser despertada y activada como recurso esencial para  nuestros maestros. 

Los docentes deben estar alertas y conscientes de que las vías de comunicación del cuerpo juegan un papel en la comunicación no verbal o lenguaje del cuerpo. El canal kinestésico procesa las sensaciones y los movimientos, los cuales son captados por la zona límbica del cerebro, donde actúan las famosas amígdalas cerebrales, responsables de regular las emociones y sentimientos. Estas a su vez, regulan los estímulos externos o internos captados por las sensaciones  y  conducidos hacia su zona de regulación procesando las respuestas que se traducen  en manifestaciones adecuadas o no adecuadas del comportamiento. 

 

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