Permiso. “Mamá, ¿puedo ir a casa de Pablo?”. A medida que los niños crecen, su mundo deja de girar exclusivamente alrededor de la familia. Los amigos adquieren protagonismo, comienzan las primeras salidas sin los padres y aparecen espacios en los que los adultos ya no están presentes para supervisar lo que ocurre. Para la psicóloga infantojuvenil María Torres, esta transición provoca sentimientos encontrados en los progenitores: por un lado, la satisfacción de comprobar que sus hijos maduran; por otro, la preocupación que supone aceptar que ya no pueden acompañarlos a todas partes. La cuestión, explica, no es renunciar a protegerlos, sino aprender a distinguir entre supervisar y controlar. La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es.
Según Torres, controlar responde muchas veces a la necesidad de los propios adultos de calmar su ansiedad, mientras que supervisar implica interesarse por la vida de los hijos: “Conocer sus actividades, establecer límites adecuados a su edad y mantenerse disponibles cuando necesitan ayuda”, resume. Por eso, añade, lo importante no es tanto qué preguntamos como para qué lo hacemos. Sara Pérez-Tomé, orientadora familiar y terapeuta de pareja y familia, coincide en que los padres no deben sentirse culpables por querer conocer el entorno en el que van a estar sus hijos. Como madre de familia numerosa, ella recuerda una etapa en la que tenía tres o cuatro adolescentes que solicitaban permiso para pasar buena parte del día, o incluso de la noche, en casas de amigos y conocidos. Aquella experiencia le enseñó que no todos los hijos necesitan lo mismo ni están preparados a la misma edad para afrontar determinadas situaciones. “No hay que dar a todos los hijos lo mismo, sino a cada uno lo que necesite en cada momento”, sostiene Pérez-Tomé.
Pero ¿qué preguntas son razonables antes de dar permiso? Para Pérez-Tomé, conocer si habrá adultos presentes, quiénes estarán en la vivienda, qué actividades tienen previstas o cómo contactar con la otra familia constituye una información básica que los padres tienen que conocer, especialmente cuando hablamos de menores: “Si la invitación incluye dormir fuera, también considera pertinente preguntar dónde y con quién dormirá el niño o adolescente. No se trata de investigar la intimidad de nadie, sino de disponer de los datos necesarios para tomar una decisión responsable”.
Además, según apunta, cada familia tiene sus propias normas. “En algunas casas se cena a las ocho y en otras a las diez. Hay hogares en los que los teléfonos móviles se dejan fuera de las habitaciones durante la noche y otros en los que los adolescentes pueden utilizarlos sin apenas restricciones. Lo mismo sucede con los videojuegos, las películas, las redes sociales o los límites relacionados con la intimidad”, ejemplifica. Pérez-Tomé recuerda que ninguna familia puede pretender que las demás eduquen exactamente igual, “aunque sí puede informarse de aquellas diferencias que afectan a cuestiones importantes en la educación de sus hijos”. “Preguntar no equivale necesariamente a desconfiar de los anfitriones”, reitera.
Si la invitación incluye dormir fuera, los padres también deberían preguntar dónde y con quién dormirá su hijo.© Natalia Lebedinskaia (Getty Images)
La edad del menor resulta determinante. No es lo mismo dejar a un niño de 7 años en casa de un compañero del colegio que permitir a uno de 15 pasar la tarde con sus amigos. Cuando son pequeños, explica Pérez-Tomé, “el contacto entre los adultos es fundamental y los padres necesitan conocer con mayor precisión las condiciones de la visita y, a medida que crecen, esa responsabilidad debe trasladarse progresivamente a los propios hijos”. Aquí aparece uno de los principales desafíos de la crianza: aprender a convivir con la incertidumbre. Torres señala que, si los padres necesitan tener la garantía absoluta de que nada malo sucederá antes de permitir cualquier actividad, difícilmente estarán preparados para conceder autonomía: “La verdadera seguridad no depende únicamente de haber comprobado minuciosamente el entorno, sino también del trabajo educativo realizado durante los años anteriores”. “Haber establecido límites, transmitido valores y construido una relación de confianza permite que los hijos dispongan de herramientas para reaccionar cuando algo les incomoda o sucede de manera diferente a lo previsto”, añade la psicóloga.
Esto no significa que los adolescentes sean capaces de valorar todos los riesgos. Pérez-Tomé advierte de que, en ocasiones, pueden ocultar parte de sus planes porque saben que determinadas actividades pondrían en peligro el permiso que desean conseguir: “La necesidad de reafirmarse ante sus iguales, la presión del grupo o la dificultad para anticipar las consecuencias pueden llevarlos a aceptar situaciones para las que todavía no están preparados”. Por eso, la experta propone sustituir progresivamente algunas preguntas puramente informativas por otras que inviten a reflexionar: “¿Qué harías si el plan cambia? ¿cómo reaccionarías si alguien propone algo que no te gusta? ¿sabrías decir que no? ¿llamarías si te sintieras incómodo? De este modo, los progenitores no se limitan a vigilar, sino que ayudan a sus hijos a desarrollar su propio criterio».
La autonomía no se adquiere de golpe, sino mediante experiencias en las que los padres deben aprender también a soltar.© Rob Lewine (Getty Images/Tetra images RF)
También resulta fundamental que las preguntas formen parte de una comunicación habitual. Pérez-Tomé señala que un adolescente puede interpretar como una muestra de desconfianza un interrogatorio repentino si sus padres apenas se interesan por otros aspectos de su vida: “En cambio, cuando existe diálogo cotidiano, preguntar dónde estará o con quién saldrá no tiene por qué vivirse como una invasión”.
Ahora bien, ¿dónde está el límite respecto a la intimidad de la otra familia? Ambas especialistas coinciden en la necesidad de conocer las condiciones que afectan al bienestar y la seguridad de los menores, sin convertir esa preocupación en una investigación sobre la vida privada de los anfitriones.
Tampoco conviene olvidar que una tarde aparentemente inocente puede acabar convirtiéndose en una experiencia muy distinta de la prevista. Pérez-Tomé menciona situaciones como el primer contacto con las drogas, la pornografía o las relaciones sexuales, que pueden aparecer sin que estuvieran contempladas en el plan inicial. De ahí que insista en la importancia de preparar a los adolescentes para reconocer los riesgos y actuar cuando las circunstancias cambian. Torres resume el objetivo educativo en una idea: no se trata de eliminar todos los peligros que puedan encontrarse los hijos, sino de ayudarles a desarrollar los recursos necesarios para afrontarlos: “La autonomía no se adquiere de golpe, sino mediante experiencias progresivas en las que los padres deben aprender también a dar un paso atrás”. “Llegará un momento en el que no conocerán todas las casas a las que van sus hijos, ni a todas las personas con las que se relacionan, ni cada decisión que toman cuando están fuera”, añade. Y, para entonces, según sostiene Torres, lo verdaderamente importante no será cuántas preguntas les hicieron antes de salir, “sino si ellos han aprendido a hacerse las adecuadas cuando sus padres no estén delante”.
Fuente: https://www.msn.com/es-xl


