“El sentido de nuestra vida siempre estará en servir”.
Por Ricardo E. Decena Benítez.
El término vocación proviene del latín vocare, que significa llamado o acción de llamar, se entiende como un llamado hacia un determinado fin o destino. El término vocación en su contexto más amplio es un llamado o invitación para hacer o realizar algo en específico y concreto.
Toda vocación debe ser entendida como un hermoso don o regalo de Dios, que por pura gratuidad y generosidad recibimos de él, siendo así el llamado a la existencia (a la vida) la primera vocación que todos y cada uno de los seres humanos hemos sido premiados sin haberlo solicitado.
Cuando se utiliza el término vocación, muchas veces nos limitamos mera y únicamente al ámbito religioso, pero en la realidad no es así. Como ya lo expresa el párrafo anterior, el primer llamado que recibimos de Dios es el llamado a la existencia, a la vida, a nacer y a ser persona. Esa vida debe ser vivida y desarrollada como un proyecto hacia la realización y plenitud personal.
Cada profesión, ya sea: medicina, contabilidad, derecho, educación, ingeniería, arquitectura, enfermería, etc. Debe ser ejercida con un profundo amor y espíritu de servicio, debe siempre ser vista y considerada como un regalo exclusivo y especial del mismo Dios para cada persona, en particular para el bien de los demás. Pero cuando tristemente una profesión se ejerce por mero beneficio propio, apego desenfrenado a lo material, o peor todavia poniendo lo material por encima de la vida y la dignidad humana, pues deja de ser vocación y pasa a ser una gran equivocación.
Son muchos los testimonios de grandes hombres y mujeres que a través del sano e íntegro ejercicio de su profesión, han hecho innumerables aportes a la sociedad y al mundo, lo que les ha permitido ganarse de esa manera su bien merecido lugar en el reino de Dios. Y es el mismo Dios que a diario nos invita a dar gratis lo que por su gracia hemos recibido de sus manos amorosas y bondadosas. (mc,16:15)


