Indígenas. Durante siglos se ha repetido una frase que encierra una verdad incómoda: la historia la escriben los vencedores. Y en el caso de América, esa afirmación adquiere un peso particular cuando pensamos en nuestros indígenas, aquellos primeros habitantes que no solo poblaron esta tierra, sino que la amaron, la cultivaron y la defendieron.
¿Por qué entonces mi trabajo en la historia insiste, una y otra vez, en volver a ellos?
No es casualidad. Tampoco es simple sensibilidad. Es, en esencia, una necesidad histórica.
Cuando los europeos llegaron a esta isla —la que llamaron La Española— encontraron un mundo organizado, con estructuras políticas, sociales y culturales propias. Los taínos no eran pueblos sin historia; eran pueblos con memoria, lengua y espiritualidad. Y, sin embargo, esa historia comenzó a ser contada casi exclusivamente por voces ajenas.
Cronistas como Bartolomé de las Casas y los dominicos Fray Pedro de Córdoba y Fray Antonio de Montesinos denunciaron los abusos y dejaron testimonio del sufrimiento indígena, mientras otros, como Gonzalo Fernández de Oviedo, ofrecieron versiones distintas, muchas veces justificando la dominación. Pero, en todos los casos, la palabra no era indígena. Existieron españoles que sufrieron ante aquello que veían, pero muchos de los llamados cristianos construyeron una historia que llenaría de vergüenza a los hombres justos que también existían en España. Ahí nace una deuda.
Porque lo que se escribió durante siglos no fue toda la historia, sino una versión de ella: la contada por los conquistadores. Una versión en la que el indígena muchas veces aparece como fondo, como paisaje humano, como figura pasiva frente a la acción europea. Y, sin embargo, la realidad fue otra.
Nuestros indígenas ofrecieron hospitalidad, compartieron sus alimentos y mostraron sus caminos. Recibieron al extranjero con gestos de apertura que aún hoy conmueven. Pero también enfrentaron el despojo, la violencia y la incomprensión. Y, sobre todo, la negación de su propia voz.
Sin embargo, reducirlos únicamente a víctimas sería cometer una nueva injusticia.
Porque hubo resistencia.
Hubo dignidad.
Hubo liderazgo.
En la figura de Enriquillo encontramos no solo al indígena que sufre, sino al que piensa, al que actúa, al que se levanta. Educado entre frailes, conocedor del mundo español, pero profundamente arraigado en su identidad taína, Enriquillo encarna esa dualidad que la historia muchas veces ha ignorado: la del indígena como sujeto consciente de su tiempo.
Su rebelión no fue un acto impulsivo. Fue una respuesta estructurada, una defensa de la dignidad y una afirmación de libertad.
Por eso, escribir sobre nuestros indígenas no es un acto de nostalgia. Es un acto de justicia histórica.
Es reconocer que la historia de América está incompleta sin ellos. Es entender que no basta con repetir lo que ya fue dicho, sino que es necesario mirar de nuevo, reinterpretar y rescatar lo que quedó en silencio. No escribo sobre ellos por compasión, sino por convicción. Porque mientras su voz no sea plenamente incorporada al relato histórico, seguiremos contando una historia incompleta. Y una historia incompleta, por más repetida que sea, nunca será toda la verdad.
Fuente: https://www.facebook.com/lidia.demacarrulla


