¿Y si recomendarle a su hijo estudiar ciencias ya no fuese suficiente? Durante años dimos por hecho que el futuro pertenecía a quien dominara la técnica, los números, los sistemas. Hoy los datos empiezan a contar otra historia.
Durante años nos repitieron que el valor estaba en dominar la herramienta. En saber más código, más fórmulas, más sistemas. Que quien entendiera la técnica tendría asegurado el futuro. Pero está sucediendo todo lo contrario. Aquellos que dominan las habilidades humanas ganan más dinero que los que dominan la matemática. Un estudio del que se hace eco el Financial Times tira abajo esa idea tan asentada: los datos muestran que las personas con fuertes habilidades sociales y formación humanista acaban ganando más dinero —y teniendo carreras más estables— que quienes solo han desarrollado habilidades técnicas. Las mejores opciones aparecen cuando se combinan lo técnico y lo humano.
Es empírico.
Hoy, quienes combinan criterio, capacidad de comunicación, lectura del otro y trabajo en equipo igualan —o superan— salarialmente a perfiles muy técnicos. En cambio, los profesionales con un alto conocimiento cuantitativo pero dificultades para relacionarse, coordinar o persuadir, se quedan por detrás. Hace cuarenta años era justo al revés. Entonces ganaban los que dominaban las matemáticas. Hoy ganan los que dominan a los humanos.
La llegada de la inteligencia artificial no hace más que reforzar esta lógica. Las tareas técnicas se automatizan. El código, los modelos, los cálculos se vuelven abundantes. Lo escaso pasa a ser lo que no se puede replicar fácilmente: criterio, ideas, creatividad, intuición, liderazgo. La identidad profesional ya no puede sostenerse en “yo escribo código”, sino en “yo resuelvo problemas, coordino personas y doy sentido”.
Durante décadas confundimos dominar la herramienta con crear valor. En empresas, en política, en deporte. Pensamos que el sistema era lo importante. Que la metodología, el framework, la táctica lo explicaban todo. Y no. La técnica ordena, sí. Pero no inspira, no cohesiona, no moviliza.
Las empresas no fracasan porque fallen los Excel. Fracasan porque fallan las relaciones humanas que hay detrás de esos Excel. Cuando un KPI no se cumple, rara vez es un problema de fórmula. Es un problema de confianza, de comunicación, de motivación, de cultura. Ninguna hoja de cálculo explica por qué alguien da más de lo que se le pide. Eso lo explica quien sabe leer al otro.
La IA amplifica esta tendencia. Hace cada vez mejor lo cuantificable y deja al descubierto lo no cuantificable. Liderazgo, empatía, lectura de contexto, gestión del conflicto. Habilidades que no se aprenden solo en escuelas politécnicas, sino también en libros, en terapia, en cultura, en experiencia vital.
Lo vemos incluso en ámbitos donde parecía que la técnica lo era todo. En el deporte, por ejemplo. Cuando la táctica se coloca por encima de las personas, cuando el control se impone a la confianza, cuando el sistema ahoga al talento, el resultado suele ser estéril. La táctica funciona cuando hay jugadores que quieren jugar. No al revés. Que se lo digan al Real Madrid de Xabi Alonso. Lo mismo ocurre en una empresa: la metodología no crea valor por sí sola. Es consecuencia de una cultura que funciona.
No se trata de oponer técnica y humanidad. Es una falsa dicotomía. La técnica es necesaria. El Excel es necesario. Los sistemas importan. Pero están en su sitio correcto cuando se entienden como consecuencia, no como causa. La cultura precede al rendimiento. Siempre.
Somos humanos. Contradictorios, emocionales, a veces irracionales. Y precisamente ahí está lo mejor —y lo peor— de nosotros. De ahí nacen la creatividad, el compromiso, la intuición, pero también el conflicto y el error. Las empresas que sobrevivan no serán las más técnicas. Serán las que mejor entiendan a las personas que las habitan.
La inteligencia artificial hará Excel perfectos. Solo los humanos pueden construir equipos que funcionen. Y de eso dependerá todo lo demás.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/


