Taínos. En su fascinante obra El infinito en un junco, la admirada filóloga y escritora Irene Vallejo recoge la acertada valoración de los libros que hace Stefan Zweig en Mendel, el de los libros cuando escribe: «los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido».
Con la publicación del libro Nuestros primeros pobladores se pretende, precisamente, reconstruir el pasado con el fin de rescatar del olvido y poner en valor las diversas manifestaciones culturales de los pobladores originarios de la isla La Española.
Con tal finalidad, al celebrar el 60 aniversario de su fundación, el Banco Popular Dominicano fundó el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón, que está alojado en un vetusto palacio colonial reconocido por su singular portada en sillería de estilo plateresco. Dicha portada se distingue por la presencia de un exuberante cordón con sus nudos y borlas —alusivo a la orden religiosa de San Francisco de Asís —, junto a una primorosa franja de delicados rosetones y escudos heráldicos de los propietarios originarios de esta morada palatina. En su conjunto, esta edificación constituye una verdadera joya de la prístina arquitectura hispanoamericana de la época colonial.
Además de restaurar esta vivienda solariega y realzar su relevancia arquitectónica devolviéndole su antiguo esplendor de principios del siglo XVI, el Banco Popular Dominicano tuvo la acertada y trascendente iniciativa de instalar en su interior una ilustrativa exposición museográfica que documenta las diversas etapas evolutivas de los primigenios habitantes insulares.
La ciudad de Santo Domingo, Primada de América, a la que Felipe II llamó «llave, puerto y escala de todas las Indias», que se convirtió en el pórtico desde donde se irradió la civilización europea en el Nuevo Mundo, surgió del amor y la solidaridad entre un hidalgo español y una indígena taína. Fueron estos Miguel Díaz de Aux y Catalina, la cacica del Ozama, de cuya unión nacieron dos hijos que inauguraron el fecundo y vigoroso mestizaje palpable en la gente, el habla, la gastronomía y la cultura en general, que en opinión del escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, «constituye la personalidad de la América hispana, su originalidad y su tarea creadora».

Sin embargo, la antigua ciudad de Santo Domingo, que ostenta con orgullo tantas primacías históricas, carecía de un recinto expositivo destinado a preservar la memoria de los aborígenes que se habían establecido en la ribera del río Ozama antes de la llegada de los colonizadores españoles.
De ahí que el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón tenga como propósito mostrar una selecta colección de objetos arqueológicos prehispánicos cedidos por la Fundación García Arévalo. Modernos recursos expositivos permiten a los visitantes conocer en profundidad la evolución de los aborígenes de la isla Española -desde los grupos arcaicos hasta la gestación de la sociedad taína-, así como su legado artístico y cultural, que ha perdurado como una tradición transmitida de generación en generación desde los tiempos coloniales hasta la actualidad.
Contenido de la exhibición arqueológica
Las instalaciones museográficas del Centro ofrecen una visión panorámica, amplia y significativa del pasado prehistórico. Con el concurso de paneles ilustrativos, audiovisuales y materiales didácticos interactivos, el montaje permite descubrir a los moradores originarios de la isla y su evolución a lo largo del tiempo.
Para mantener la secuencia cronológica en el discurso expositivo, el recorrido por las salas de exhibición se inicia con la descripción de las etapas culturales más rudimentarias, constituidas por grupos de cazadores y recolectores que emplearon un conjunto de utensilios de piedra durante el período arcaico, iniciado hace 5,500 años. Los instrumentos más antiguos consisten en lascas y cuchillos de sílex con filosos bordes cortantes, para trocear a los animales que cazaban y trabajar la madera y las fibras vegetales. Además, se destacan diversos tipos de morteros y majadores empleados para quebrar las conchas de los caracoles y crustáceos que les servían de alimentos a los habitantes arcaicos, que tenía sus asentamientos cercanos a las playas y las zonas de manglar. A los que se suman las hachas líticas que se enmangaban a un mazo para desbrozar los bosques y aprovechar la madera de los árboles.
En la sala central se exponen objetos arqueológicos que evidencian la llegada de las tribus arahuacas que, desde las márgenes del río Orinoco y la costa nororiental de Suramérica, arribaron a las islas antillanas, donde introdujeron nuevas técnicas agrícolas, propiciando el desarrollo de una sociedad más evolucionada, caracterizada por asentamientos permanentes, intercambios comerciales y relaciones sociales más complejas. Asimismo, elaboraron una lustrosa alfarería cuya variedad decorativa nos proporciona información sobre las distintas oleadas migratorias y nos aproxima a sus criterios estéticos y sus diferentes patrones estilísticos.
Las salas siguientes están dedicadas a la sociedad taína, que alcanzó los niveles socioeconómicos y culturales más avanzados de todas las etnias aborígenes que habitaron las Grandes Antillas, como lo demuestran las evidencias arqueológicas que se exhiben en el Centro. Esta propuesta museográfica difunde los aspectos más sobresalientes de la vida taína a través de un conjunto de piezas representativas, ilustrativos paneles y dioramas que revelan la conformación de sus aldeas, la organización social que alcanzaron, las actividades productivas, el proceso de elaboración del casabe y la confección de recipientes cerámicos con estilizadas decoraciones figurativas y rasgos incisos configurando abstracciones con motivos geométricos que encierran un esotérico código de significación precisa. También están ampliamente documentados el culto a las divinidades o cemíes con sus ceremonias rituales y bailes colectivos, la decoración personal, las prácticas funerarias, la veneración de los ancestros y el mundo de los espíritus tutelares, elementos que reflejan en su conjunto la cosmogonía y el simbolismo espiritual del universo taíno.
Los objetos del estilo taíno se presentan de manera ordenada y seductora, sin dar la impresión de estar sobrecargados en cuanto a su distribución espacial dentro de las vitrinas, permitiendo al observador admirar su singular belleza monocromática de alto contenido estético y evidencias simbólicas.

Relevancia del legado ancestral
El recorrido culmina con los componentes de la herencia taína que han llegado hasta nosotros como resultado del proceso de mestizaje y transculturación generado en los albores de la colonización, el cual implicó la asimilación de costumbres y objetos de nuestros ancestros por parte de los pobladores españoles y africanos. A este legado se suma la incorporación de numerosos vocablos taínos que han enriquecido el idioma castellano y que, incluso, se han difundido a otras lenguas europeas. Como es el caso sobresaliente del término canoa, que tiene la connotación de ser el primer americanismo incorporado por Antonio de Nebrija, en su Vocabulario español latino de 1495. El idioma es el vehículo que expresa el alma de los pueblos. Y a través de las palabras autóctonas, los dominicanos y dominicanas transmitimos, en cierta medida, los modos de ser y de sentir del pueblo taíno.
El propósito de la obra
Nuestros primeros pobladores, escrito en español e inglés con un estilo sencillo y accesible a todo tipo de público, recoge el contenido arqueológico, etnográfico e histórico que se exhibe en el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón. Esta publicación procura poner al alcance de los lectores un conocimiento compendiado sobre los grupos indígenas que habitaron la isla Española, con el objetivo de recuperar y divulgar una parte esencial del acervo cultural dominicano, sustentado en una diversidad de objetos prehistóricos que testimonian la calidad expresiva y el esmerado grado de ejecución alcanzado por los artífices aborígenes, destacando así la trascendencia de su legado material y espiritual. Como señala en la presentación de la obra don Manuel A. Grullón, presidente del Consejo de Administración del Grupo Popular: «Se trata de una riqueza patrimonial que recogen las páginas de este libro. En ellas, se pone en valor el alma de esa cultura ancestral que aún respira en nuestra lengua, nuestras costumbres y nuestro imaginario colectivo».
Los textos sintetizan de manera ágil la vida cotidiana y la cosmovisión indígena, ofreciendo al lector la sensación de descubrir por sí mismo el pasado remoto. Fueron redactados por Carlos León Amores, Jorge Ruiz Ampuero, Clarisa Carmona y Manuel García Arévalo. Las magníficas ilustraciones, que sorprenden por su realismo, son creación de la sensibilidad artística de Arturo Asensio Moruno, cuyas imágenes nos atrapan por su carácter fantástico y emocional. A su vez, hay que resaltar el impactante diseño gráfico y las nítidas fotografías de Víctor Siladi, que confieren mayor vistosidad a la obra y enriquecen la experiencia lectora.
Relevancia de los libros: conocimiento y arte
Al auspiciar la publicación de esta obra, el Banco Popular Dominicano, dentro de su política de responsabilidad social corporativa, que impulsa su presidente ejecutivo Christopher Paniagua, agrega un nuevo eslabón a su espléndida cadena editorial, conformada por obras hermosas y edificantes que han enriquecido notablemente al acervo bibliográfico nacional, destacando como enfatizara el empresario y coleccionista español José Lázaro Galdiano, que «el libro no debe mirarse solamente con un instrumento de estudio, sino también como un objeto de arte».
Los libros son los mejores embajadores de la cultura, incluso de la de aquellos pueblos desaparecidos. Y se constituyen en una herramienta de inmenso valor para divulgar el pensamiento y la creación artística y literaria, dando a conocer el acervo patrimonial de la humanidad, sin distinción racial, religiosa, económica o cultural.
Y ahí radica la clave de esta obra, cuyo propósito es establecer un puente o conexión entre las generaciones de hoy y del mañana con las manifestaciones culturales del ayer que han contribuido a cimentar la identidad dominicana y antillana en general.
Para finalizar, quiero apostillar mis notas de presentación a Nuestros primeros pobladores con la sugerente frase del novelista Joseph Conrad, al afirmar: «El autor solo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector».
Fuente: hoy.com.do


