Cuando pensamos en Juan Pablo Duarte, solemos imaginar al prócer solemne, al fundador de la República, al ideólogo de la independencia. Sin embargo, detrás de esa figura histórica existe un Duarte íntimo, humano y profundamente coherente, cuya voz se revela con especial fuerza en sus cartas. La correspondencia de Juan Pablo Duarte no es solo un conjunto de documentos históricos: es un mapa de su pensamiento ético, político y patriótico, escrito desde la convicción y, muchas veces, desde el sacrificio.
Reconstruir esa voz no ha sido tarea fácil. A pesar de la vasta bibliografía duartiana, los investigadores han enfrentado la ausencia de numerosas fuentes primarias que permitan conocer con mayor detalle determinadas etapas de su vida pública y privada. En ese contexto, adquiere un valor incalculable el trabajo de su hermana Rosa Duarte, depositaria de gran parte de su archivo personal. Sus Apuntes para la historia de la isla de Santo Domingo y para la biografía del general dominicano Juan Pablo Duarte, conocidos como el Diario de Rosa Duarte, constituyen una de las fuentes más valiosas para comprender al patricio desde una dimensión más cercana y menos épica.
En ese texto, Rosa combina recuerdos personales con manuscritos de su hermano, lo que da lugar a una narración en la que, por momentos, Duarte habla en primera persona. A estos escritos se suman borradores inéditos, poemas, un Proyecto de Constitución, comunicaciones oficiales y parte de su correspondencia personal. Junto a los Apuntes para la historia de los trinitarios de José María Serra, estas fuentes permiten reconstruir el discurso político y doctrinal de Duarte, profundamente influido por el liberalismo y el nacionalismo propios de lo que el historiador Eric Hobsbawm denominó “la Era de la Revolución” (1789-1848).
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La carta como espacio de verdad
La carta, por su propia naturaleza, suele ser un documento íntimo. En ella, quien escribe se expresa sin máscaras, dejando fluir pensamientos, temores, convicciones y esperanzas. Por eso, para el historiador, las cartas personales resultan esenciales a la hora de comprender no solo los hechos, sino también el carácter y la conciencia de una figura histórica.
En el caso de Duarte, sus cartas revelan a un hombre de principios firmes, ajeno a la ambigüedad política y absolutamente comprometido con la independencia plena de la nación dominicana. Entre las más relevantes se encuentran cuatro misivas que permiten seguir la evolución de su pensamiento y su coherencia ética a lo largo del tiempo.
La primera, fechada el 4 de febrero de 1844, está dirigida a su madre y hermanos. En ella, Duarte les solicita vender parte de las propiedades familiares para financiar el movimiento independentista. El fragmento más conocido de esa carta, inmortalizado en el pedestal de su estatua en la Plaza Duarte, es una muestra extraordinaria de desprendimiento y responsabilidad cívica. Duarte no promete recompensas ni cargos; ofrece sacrificio y trabajo futuro. Para él, contribuir a la independencia no es un favor al Estado, sino un deber ciudadano.
En ese texto se advierten valores que hoy resultan profundamente educativos: el amor a la familia unido al amor a la patria, la confianza en el trabajo honesto y la convicción de que la libertad política es la base del progreso colectivo. Duarte no concibe la independencia como una vía para el beneficio personal, sino como una condición indispensable para la dignidad nacional.
Exilio, retorno y coherencia
Tras la proclamación de la República en febrero de 1844, las pugnas internas entre liberales y conservadores condujeron al exilio de los trinitarios. Duarte fue acusado de traidor por aquellos mismos sectores que luego promoverían proyectos anexionistas. Durante veinte años vivió fuera del país, soportando el silencio, el olvido y la pobreza, sin renunciar jamás a sus principios.
Cuando en 1861 la República Dominicana fue anexionada a España, Duarte decidió regresar. Lo hizo movido por el dolor que le causaba ver perdido el fruto de tantos sacrificios. En cartas escritas durante los años 1864 y 1865, ya en el contexto de la Guerra de la Restauración, su pensamiento nacionalista se expresa con una claridad contundente.
Desde Guayubín, el 28 de marzo de 1864, Duarte escribe al Gobierno Provisorio de la Restauración ofreciendo, una vez más, su vida y sus fuerzas a la causa patriótica. No reclama honores ni reconocimiento; solo pide ser útil. Sin embargo, ciertos líderes consideraron más conveniente enviarlo al extranjero en misión diplomática, lo que para él significó un nuevo y definitivo exilio.
Independencia sin concesiones
La carta del 7 de marzo de 1865, dirigida al ministro de Relaciones Exteriores Teodoro Heneken, constituye uno de los documentos más contundentes del pensamiento político dominicano del siglo XIX. En ella, Duarte renuncia a su cargo diplomático y denuncia con firmeza cualquier intento de anexión, protectorado o cesión territorial, ya provenga de potencias europeas o de los Estados Unidos.
Su postura es clara e innegociable: la República Dominicana no debía ser jamás parte de ninguna otra potencia, ni patrimonio de familia alguna, ni objeto de acuerdos que comprometieran su soberanía. Duarte rechaza lo que hoy podríamos llamar formas encubiertas de dominación, aquellas que se presentan como soluciones prácticas, pero que en realidad niegan el derecho de los pueblos a gobernarse a sí mismos.
En esta carta, Duarte demuestra que su nacionalismo no era circunstancial ni reactivo, sino profundamente ético. Para él, la independencia no admitía adjetivos ni matices: debía ser “pura y simple”.
La patria como compromiso moral
En una de sus últimas cartas, dirigida al poeta Félix María del Monte, Duarte se muestra cansado, pero no vencido. Habla de conservar la cabeza y el corazón en medio de un contexto político que considera peligroso para la salud moral de la patria. Aun así, reafirma su esperanza de no morir sin ver a su país libre, independiente y triunfante.
Sus palabras finales condensan el sentido profundo de su vida: la patria como compromiso moral, no como consigna vacía.
Las cartas de Juan Pablo Duarte no son reliquias del pasado. Son textos vivos que interpelan al presente. En ellas encontramos a un ciudadano que pensó la política como servicio, la patria como responsabilidad compartida y la libertad como un valor que no se negocia.


