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Cómo convertir una mentira de tu hijo en una oportunidad de aprendizaje

Mentira. El momento en que unos padres descubren la primera mentira de su hijo suele estar cargado de una mezcla de sorpresa, decepción y, frecuentemente, una punzada de preocupación. Las preguntan surgen de inmediato: “¿Que hemos hecho mal?”, “¿Por qué hace esto?”. Sin embargo, la ciencia del desarrollo ofrece una perspectiva mucho más optimista y admirable. Lejos de ser un signo de malicia o un problema de conducta, la aparición de la mentira es un hito del desarrollo madurativo que indica que el cerebro del niño está funcionando correctamente. Es decir, es una muestra de que todo va justo como tiene que ir.

Cuando un menor comienza a mentir está demostrando que su cerebro ha alcanzado un nivel de desarrollo madurativo superior. Para construir una mentira, debe realizar un ejercicio cognitivo complejo: debe conocer la verdad, crear una realidad alternativa y exponerla ante los otros. Este proceso denota inteligencia y un desarrollo evolutivo adecuado.

Desde el punto de vista neurocientífico, la mentira requiere el desarrollo de lo que los psicólogos llaman teoría de la mente, que es la capacidad de comprender que los demás tienen pensamientos, creencias y deseos diferentes a los propios. Por tanto, antes de alarmarse, los progenitores deben entender que este comportamiento es una señal de que el cerebro está creando conexiones complejas y procesos de maduración saludables.

¿Cuándo y cómo debe intervenir el adulto?

Aunque la mentira sea un signo de inteligencia y madurez, esto no significa que deba permitirse en cualquier caso y situación. El papel del adulto es actuar como guía para redirigir o acompañar esta conducta, especialmente cuando las palabras o actos del niño comienzan a afectar a terceros y no solo a sus propios intereses. Abordar la situación de un modo adecuado es fundamental para establecer un vínculo de apego seguro entre adultos y niños, además de poder redirigir así la conducta:

  • Nunca se debe corregir o poner en evidencia al niño delante de otras personas. El objetivo es educar, no ridiculizar ni hacer que se sienta inferior o cuestionado.
  • El contacto ocular, agachándose a la altura del niño para dirigirse a él, ofrece una conexión más estrecha y un espacio de confianza donde poder comunicarle lo que está bien en cada momento.
  • Juzgar la conducta solo lleva a la desconfianza y la ruptura del vínculo, por lo que es importante empatizar con el menor y descubrir si se trata de un juego, de una conducta de imitación o un mecanismo para llamar la atención de los adultos de su entorno.

La verdad y el vínculo de apego seguro

El objetivo final de gestionar la mentira no es la obediencia o la sumisión, sino crear un espacio de seguridad y confianza. El menor debe comprender que decir la verdad es un valor que le enriquece y que fortalece el vínculo de apego con sus padres. Para lograrlo, la respuesta del adulto ante la verdad debe ser acogedora, desde la disponibilidad y la presencia, incluso si lo que el niño confiesa no es agradable.

La clave reside en la incondicionalidad en el afecto entre padres e hijos; es decir, el niño necesita saber que le quieren por quién es y no por cómo es o cómo se comporta. Cuando siente que el cariño de sus figuras de referencia depende de su comportamiento o de su conducta, la mentira se convierte en una herramienta de supervivencia para no perder ese afecto y la atención de sus progenitores. Si, por el contrario, sabe que siempre será aceptado, su necesidad de ocultar la realidad disminuye potencialmente.

Si un menor sabe que siempre será aceptado, su necesidad de ocultar la realidad disminuye potencialmente.

Si un menor sabe que siempre será aceptado, su necesidad de ocultar la realidad disminuye potencialmente.© StockPlanets (Getty Images)

Uno de los errores más comunes es emplear el castigo como respuesta automática ante la mentira. Esta estrategia suele ser contraproducente: no deja de mentir, sino que se vuelve más hábil para evitar ser descubierto, rompiendo así la relación de confianza. En su lugar, se propone el uso de consecuencias naturales. Una consecuencia natural debe tener una relación lógica y directa con el suceso. Por ejemplo, si un niño miente sobre haber terminado sus deberes para poder jugar, el castigo de no ver la televisión no guarda ninguna relación con el acto. La consecuencia natural sería que, al no haberlos hecho hoy, mañana tendrá que dedicar el doble de tiempo para completar las tareas pendientes de ambos días. Este enfoque fomenta la responsabilidad en lugar del miedo.

Además de haber consecuencias naturales, también es fundamental revisar el ejemplo que el menor recibe a diario. Si este observa que sus adultos de referencia emplean la mentira de manera habitual ante situaciones cotidianas integrará ese patrón como una rutina normal de convivencia. Por ello, dar ejemplo de honestidad, incluso en los pequeños detalles, es esencial.

Un ejercicio de gran valor educativo es que los adultos compartan sus propias equivocaciones. Explicar anécdotas donde ellos mismos mintieron, fallaron y posteriormente rectificaron o pidieron perdón, humaniza y acerca al niño la figura del adulto. Esto le enseña que nadie es perfecto y que lo importante no es no equivocarse, sino tener la humildad de reconocer el error y repararlo.

La mentira es la punta del iceberg

En ciertos casos, la mentira deja de ser algo puntual para convertirse en un hábito prolongado. Cuando esto sucede es probable que estemos ante un síntoma de que ese comportamiento es solo la punta del iceberg de una necesidad no satisfecha. En estas situaciones, es prioritario trabajar el sentido de pertenencia, donde el niño sienta que tiene un papel relevante en su entorno, que su contribución en el hogar es necesaria y que es una pieza esencial del engranaje familiar o escolar. Un niño que se siente importante y tenido en cuenta tiene menos motivos para recurrir al engaño como forma de autoafirmación.

Finalmente, si la situación se acentúa o el hábito persiste a pesar de las pautas es adecuado consultar con un profesional, ya sea pediatra, educador o psicólogo de referencia, que pueda proporcionar las herramientas necesarias para abordar la situación con el rigor necesario.

Fuente: https://www.msn.com/

Elizahenna Del Jesús
Elizahenna Del Jesús
Coordinadora Editorial en Plan LEA, Listín Diario, graduada Magna Cum Laude de la Licenciatura en Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD)

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