Depresión. En los últimos meses, especialistas en salud mental infantil han advertido sobre un aumento preocupante de las consultas por cuadros depresivos en niños, niñas y adolescentes en la República Dominicana. Este fenómeno no es aislado ni pasajero: responde a una realidad social compleja en la que confluyen la presión académica, los cambios familiares, el uso excesivo de pantallas, la falta de espacios de escucha y las secuelas emocionales que dejaron años de incertidumbre y aislamiento.
Durante mucho tiempo se pensó que la depresión era un problema exclusivo de los adultos. Sin embargo, hoy sabemos que también puede manifestarse desde edades muy tempranas. En la infancia y la adolescencia, la depresión no siempre se expresa como tristeza evidente; muchas veces aparece en forma de irritabilidad constante, retraimiento, cambios bruscos de conducta, dificultades para dormir, pérdida de interés por actividades cotidianas o quejas físicas frecuentes sin causa médica aparente. Estas señales suelen pasar desapercibidas o se interpretan erróneamente como “mal comportamiento” o “etapas normales”.
La escuela ocupa un lugar clave en esta realidad. Docentes y orientadores, por su contacto diario con los estudiantes, están en una posición privilegiada para identificar cambios emocionales y conductuales que merecen atención. Un niño que deja de participar, que baja repentinamente su rendimiento académico o que se aísla de sus compañeros puede estar pidiendo ayuda de una forma silenciosa. Por eso, fortalecer la educación emocional dentro del aula no es un complemento, sino una necesidad urgente.
La familia también juega un rol determinante. Crear espacios de diálogo genuino, donde niños y adolescentes puedan expresar lo que sienten sin miedo a ser juzgados, es una de las herramientas más poderosas de prevención. Escuchar con atención, validar las emociones y evitar minimizar el malestar con frases como “eso se te pasa” o “no es para tanto” puede marcar una diferencia significativa en la salud mental de un menor.
Otro factor que merece atención es el uso de la tecnología. Aunque los dispositivos digitales forman parte de la vida cotidiana, su uso excesivo y sin acompañamiento puede aumentar el aislamiento, la comparación constante y la ansiedad. Promover rutinas saludables que incluyan actividad física, descanso adecuado y tiempo de calidad en familia contribuye directamente al bienestar emocional.
Hablar de depresión infantil no es alarmar, es cuidar. Reconocer que niños y adolescentes también pueden atravesar procesos emocionales complejos nos obliga, como sociedad, a actuar con mayor sensibilidad y responsabilidad. Buscar ayuda profesional a tiempo no es un fracaso, es un acto de amor y protección.
La salud mental debe ocupar un lugar central en la educación y en la vida familiar. Acompañar emocionalmente a las nuevas generaciones es invertir en adultos más sanos, empáticos y capaces de enfrentar los desafíos de la vida. Escuchar hoy puede prevenir un sufrimiento mayor mañana.


