Enriquillo. Hay historias que no terminan cuando muere quien las protagonizó. Algunas quedan suspendidas en la memoria colectiva; otras, literalmente, permanecen bajo la tierra, esperando que alguien vuelva a preguntar por ellas. En Azua, esa pregunta vuelve a hacerse con fuerza: ¿dónde descansan los restos de Enriquillo, uno de los grandes símbolos de la resistencia indígena en nuestra historia?
En un área conocida como Pueblo Viejo, arqueólogos se preparan para iniciar una nueva excavación que no persigue solo huesos o vestigios materiales. Lo que se busca es reconectar con una parte profunda de nuestro pasado, una que durante siglos fue contada desde la distancia, el silencio o la simplificación.
Enriquillo: más que un nombre en los libros
Para muchos estudiantes, Enriquillo es apenas un nombre que aparece en los textos escolares. Sin embargo, detrás de ese nombre hubo un ser humano que sufrió injusticias, que tomó decisiones difíciles y que se negó a aceptar un destino impuesto. Fue un líder indígena que, en pleno siglo XVI, desafió el poder colonial y defendió la dignidad de su pueblo durante años.
Su historia no es solo la de una rebelión, sino la de una resistencia sostenida, inteligente y profundamente humana. Aun así, el lugar donde terminó su vida sigue siendo un enigma. Esa ausencia física —no saber dónde yace— también habla de cómo hemos tratado nuestra memoria indígena: reconociéndola a medias, recordándola de forma incompleta.
Excavar para comprender, no solo para encontrar
La excavación que se desarrollará en Azua estará a cargo de un equipo especializado, encabezado por la arqueóloga Kathleen Martínez Nazar, junto a profesionales dominicanos y extranjeros. El trabajo se realizará bajo estrictos criterios científicos, pero también con una conciencia clara de que cada fragmento hallado tiene un valor simbólico y cultural.
Porque excavar no es solo remover tierra. Es abrir preguntas. Es aceptar que el pasado todavía tiene cosas que decirnos. Y es, sobre todo, una forma de respeto hacia quienes estuvieron antes y cuya historia fue muchas veces contada por otros.
Una oportunidad para educar desde la memoria
Desde una mirada educativa, esta búsqueda tiene un enorme valor. Permite enseñar la historia no como un relato fijo, sino como un proceso en construcción. Invita a reflexionar sobre quiénes fueron silenciados, por qué algunas historias se contaron más que otras y cómo el conocimiento histórico puede transformarse cuando se investiga con sensibilidad y rigor.
Para docentes y estudiantes, este proceso abre la puerta a conversaciones necesarias sobre identidad, justicia histórica, resistencia y memoria. Nos recuerda que aprender historia también implica aprender a mirar con empatía el pasado y a reconocer las huellas que todavía marcan nuestro presente.
Lo que la tierra aún puede enseñarnos
Tal vez la excavación no logre responder todas las preguntas. Tal vez los restos de Enriquillo sigan siendo esquivos. Pero incluso así, el simple acto de buscar ya tiene un profundo significado: decidir no olvidar, decidir mirar de frente nuestra historia indígena y darle el lugar que merece.
En Azua, la tierra guarda más que restos antiguos. Guarda relatos, luchas y voces que aún pueden enseñarnos a entender mejor quiénes somos. Escucharlas también es parte de educar.


