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Enriquillo, el héroe del Bahoruco

MANUEL A. GARCÍA ARÉVALO
Santo Domingo, RD

El romanticis­mo en Hispa­noamérica se propuso reva­lidar el pasa­do aborigen idealizando la realidad histórica. Así, gra­cias a la novela «Enriquillo», de Manuel de Jesús Galván, cuya publicación completa se realizó en 1882, la cual marca un hito en la vertien­te indigenista continental, la imagen del egregio caci­que quisqueyano ha llega­do hasta nuestros días con un halo esplendoroso de le­yenda.

Galván, con toda la im­pronta verosímil que apor­ta una obra de ficción his­tórica, confiere a Enriquillo un carácter mítico, que con la exaltación de su figura lo transforma en un héroe de la nacionalidad dominicana fuertemente arraigado en el imaginario popular. Esa fue y sigue siendo la función por excelencia de nuestra li­teratura decimonónica: la idealización del simbolismo y el significado telúrico del pasado prehispánico con el propósito de fraguar una conciencia de reafirmación nacionalista.

Por medio de ese discur­so literario, pletórico de rei­vindicación y apropiación histórica de los episodios indo-hispanos, los caciques autóctonos que enfrenta­ron con denuedo a los con­quistadores españoles se han constituido en los pre­cursores de la lucha secular sostenida por el pueblo do­minicano para preservar la identidad y la soberanía na­cional.

El clamor de justicia
Sin embargo, el caso de En­riquillo se torna diferen­te al de los demás caciques de La Española. Porque, sin restarle méritos a su heroi­ca sublevación en el Baho­ruco, esta no tuvo por obje­to la defensa de los territorios indígenas y sus culturas an­cestrales. Se debió más bien a un sentimiento de indigna­ción por la indiferencia de las autoridades ante las ofensas personales y los maltratos que le propinaron, eviden­ciando con ello el contraste entre los dos sectores que co­existían al iniciarse la época colonial: el prepotente de los encomenderos y el margina­do de los indios y los esclavos africanos.

Enriquillo era un cacique taíno transculturizado. Pro­fesaba la fe cristiana y apren­dió a hablar y a leer en caste­llano, educado cuando niño por los frailes franciscanos en la Villa de Vera Paz, en el cacicazgo de Jaragua. Se había incorporado al orden establecido en el contexto del sistema dominante. Y al sentirse ética y moralmente agraviado, demandó justicia, que le fue negada.

En efecto, Andrés Valen­zuela, vecino de la Villa de San Juan de la Maguana, quien sucedió a su padre en la posesión de un reparti­miento de indios cuyo caci­que era Enriquillo, no solo trató de propasarse con Men­cía, la esposa de éste, sino que le quitó una yegua que poseía. El cacique acudió a exponer su queja ante el te­niente gobernador de la Villa de San Juan de la Maguana, Pedro Vadillo, quien le trató de mala manera, llenándolo de vejámenes. Enriquillo lle­vó su reclamo a la Real Au­diencia de Santo Domingo, sin obtener resultados satis­factorios, pues, aunque el tri­bunal le entregó una carta a su favor, lo remitió de nue­vo ante Vadillo, que no hizo nada al respecto, causándo­le mayores ofensas. Con lo cual, al humillado cacique no le quedó otro camino que al­zarse en rebeldía.

La sublevación en el Bahoruco
Conocedor de la superiori­dad ofensiva del armamento europeo, Enriquillo escogió para sus emplazamientos un escenario geográfico inex­pugnable, internándose en la escarpada sierra del Baho­ruco, en un terreno «fragoso y áspero», donde los caba­llos y la artillería tenían po­co campo de maniobra, y las cuadrillas que le perseguían se vieron precisadas a trans­portar en hombros el agua y los abastecimientos, siendo presa de la sed, el hambre y la fatiga, requiriendo la cons­tante reposición de alparga­tas por parte de sus perse­guidores en cada una de las jornadas libradas.

La sublevación iniciada en 1519 creó un estado de zo­zobra en toda la Isla. No so­lo porque en ocasiones los rebeldes cometían asaltos a las haciendas, ocasionando pérdidas de vidas entre los colonos y sus indios de servi­cio, sino por la constante fu­ga de indios encomendados y esclavos africanos que se sumaron al alzamiento, alen­tando con ello el cimarrona­je y la formación de manie­les en lugares apartados que les servían de refugio. A su vez, la guerra del Bahoruco ocasionó una acuciante ero­gación de recursos financie­ros que, en adición a la par­te asumida por la Corona, fue necesario aplicar impuestos al consumo, generando un malestar entre los colonos que contribuyó a la crecien­te despoblación de La Espa­ñola.

Así, la rebelión alcanzó una dimensión de carácter no solo racial, sino social y económica, con una trascendencia innega­ble que se convirtió en una ma­nifestación de rechazo al poder colonial. En vano se trató de re­ducir a Enriquillo a la obedien­cia, formulándole varias pro­puestas de paz, como la que le hiciera la Audiencia por medio del capitán Hernando de San Miguel en 1528, lográndose apenas una frágil tregua que les permitió a los indios replan­tar sus conucos para abastecer­se de alimentos.

La Corona, al ver que los intentos de reconciliación no prosperaron, decidió tomar cartas en el asunto, envian­do, en 1533, al capitán Fran­cisco de Barrionuevo en la nave Imperial, con una dota­ción de doscientos hombres de armas reclutados en An­dalucía. Aunque, Barrionue­vo, en su incursión al Baho­ruco, para no atemorizar y ganarse la confianza de los alzados, se hizo acompañar tan solo de algunos baquia­nos españoles que conocían el terreno y estaban adap­tados a las condiciones am­bientales de la isla.

El capitán Barrionuevo era portador de una carta firma­da por la emperatriz en au­sencia de Carlos V, quien se encontraba fuera de España atendiendo sus campañas imperiales en Europa. En la misiva, la emperatriz se re­firió al cacique en términos deferentes llamándole «Don Enrique» y otorgándole el perdón por los daños causa­dos durante la insurrección, garantizando que él y su gen­te serían bien tratados como vasallos de la Corona.

Por su parte, Barrionue­vo instó al indómito cacique a aceptar la propuesta que se le hacía, o de lo contrario se desataría en su contra una implacable persecución. Éste optó por avenirse con los es­pañoles, comprometiéndo­se a asegurar «la paz y sosie­go de la tierra». Luego visitó la villa de Azua junto a su es­posa Mencía, trasladándose después a Santo Domingo, donde fueron tratados con cordialidad por autoridades y vecinos, para, finalmente, establecer su poblado en las faldas del Bahoruco.

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